LA PRIMERA VEZ QUE ESCUCHÉ A LA RATA ROER
PATRICIA ORTEGA LÓPEZ | PATIDIFUSA

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Quizá fue la muerte de su padre la que despertó en ella el ruido. Descubrir de repente y, por primera vez, que existir sólo está a un instante de no existir. Que la vida y todo lo que hay en ella es más frágil de lo que parece. Y empezó a sentir que el tiempo la obligaba a avanzar, aunque ella desease quedarse. No podía sujetarse a nada, porque al igual que ella, todo se movía. Me dijo que lo descubrió un día, al escuchar el simple tic tac de un reloj.

Un reloj – me contó – está dividido en 12 partes iguales y estas a su vez en 5 partes iguales. Cada una de esas 12 partes es un arco horario. Cada arco horario mide 30 grados. Cada minuto la aguja avanza 6 grados, mientras que la aguja segundera sigue contando. No se detiene, siempre avanza 12… 13… 14… Es como una rata que no puede parar de roerte por dentro.

Estaba obsesionada y aún lo está. Ella se encuentra en la cocina de espaldas. Remueve lentamente una crema que se está haciendo al fuego. No puede dejar de removerla o se pegará. La cuchara mueve la textura densa de la crema, en la misma dirección que las agujas del reloj. La mano gira en un continuo movimiento. Mientras que dentro de su cabeza sigue escuchando el roer de la rata 49… 50… mordisqueando la carne de sus sesos. 55… 56… y sigue avanzando 59… 60. Un minuto mas muerto.: 6… 7… Todo lo que cae en el pasado está muerto. 12…13… Ella quiere cerrar el hocico de la rata, pero no puede. 19… 20. La ve escarbando con sus pequeños incisivos. Son precisos y afilados como el torno de un dentista. Ella no puede parar de remover la crema. Ella no puede parar de escuchar a la rata. La crema, la rata, la crema, la rata. Gira la llave del gas. Se para el fuego. Se precipita sobre el reloj, lo gira ya no ve las manecillas. ¿Y qué? No se paran, el tiempo avanza. Las agujas siguen. ¡Rápido! abre la tapa, arranca las pilas. El ruido no cesa. Mira la esfera. Las agujas se han detenido, la rata no, el tiempo no.

Quizá fue conocer a Teo lo que acalló en ella el ruido por fin, quién sabe. Pero el hecho fue que un día, al despertar, se sintió extraña. El ruido se había detenido. Algo había cambiado. Ya no la escuchaba roer. Se había acostumbrado a vivir con la rata.

Ahora cuando está sentada de noche en el sofá con Teo, sólo se permite hacer planes a una semana vista. Él le dice que tienen toda la vida para hacerlos. Ella le mira en silencio, cierra los ojos y se carcajea. No puede evitarlo.