LA PRIMERA VEZ QUE LA VI
JOSÉ RAMÓN SÁNCHEZ GASPAR | TESEO

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El tiempo se detuvo en un momento blanco y negro cuando entramos a una sala que, entonces, me pareció enorme.



La puerta acristalada de dos hojas, cuarterones torneados y cristal translúcido, chirriaba mientras accedía, sin saberlo, a uno de mis motores vitales.

Un pequeño escalofrío recorría mi nuca como una gota asilvestrada. La voz de mi abuelo llegaba como un susurro tibio.

Me atreví a levantar la mirada que tenía fija en no sé dónde.

Ahí estaba ella, pulcra, resplandeciente, ordenada y dignamente envejecida; adornada de todos los encantos que siempre me perseguirían.

Las estanterías, unas abiertas y otras vestidas de vitrina, se erguían como colosos entre dos ventanas que, como ojos ciclópeos, sonreían a la luz del día de forma natural.

Impresionado, alcé más la vista y descubrí dos retratos colgados entre un crucifijo: uno de un señor mayor, gordito, con bigote, vestido de militar y con muchas medallas; el otro, más joven, vestía camisa oscura bordada con un yugo y flechas en el pecho.

– Son nuestros padres, tus padres, los padres de la patria. Dijo D. Pedro, que era el bibliotecario.

– Así es D. Pedro. ¡Viva España! Respondió Conchita, su ayudante.



Veía la sala recorrida por una única mesa con sus sillas tapizadas en tonos ocres; sus brazos y respaldo las proyectaban al techo. Rodeaban la mesa y sobre ella, suspendidas a modo de esferas planetarias, unas lámparas iluminarían mis tardes de invierno y los días de lluvia.

Así de simple e impactante fue la primera vez que me acerqué a la que sería, sin saberlo, mi primer amor: la Biblioteca municipal de mi pueblo.



Su madera caoba brillaba espectacular conteniendo filas enteras de libros y enciclopedias.

D. Pedro carraspeó:

– Ahí están los extranjeros. En este lado los nacionales. Aquí no tenemos tebeos ni libros infantiles.

– Si te lees todos llegarás a ser un hombre de provecho. ¿Verdad Marcelino? Dijo con sorna el bibliotecario.

Marcelino era mi abuelo, a quien nunca olvidaré porque, ese día, en ese lugar me traspasó su afición por los libros.

Aún hoy, veo ese haz de luz con polvo en suspensión, rebotando sobre la mesa y los anaqueles de libros. Las vitrinas exhibían orgullosas las dos joyas del lugar: la Espasa y el Summa Artis. Estaban bendecidas por una Biblia dispuesta en la esquinada mesa del bibliotecario; al lado el libro de pluma y firma de visitantes ilustres.

Ser socio requería el “nihil obstat” del concejal responsable El carnet aún lo conservo, junto al recuerdo del roce de zapatillas de una niña que me distraía de mi primer amor, de mi biblioteca.

Ella, mi segundo amor, mi amor verdadero. aún duerme conmigo.