La primera vez que lo perdimos todo
Angela Narain Lucena | Caetopias

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Una noche de feria como otra cualquiera. Pleno mes de agosto, y ese cosquilleo que siempre me regalaba el reloj al marcar las nueve de la noche. Fui corriendo a la planta de arriba para ver si había algún cuarto de baño ocupado. Con tanta gente en casa de mi abuela, a veces, era complicado ponerse de acuerdo para el tema de la ducha. Con suerte estaba vacío.



– Avísame cuando termines con el agua – dijo mi prima al verme pasar con la ropa prácticamente volando.



– Hecho, reina. Tardo poco.



Un poco de champú Agrado, y revisión de botes de gel para ver con qué olor prefería salir esa noche a la calle. Siempre me pareció fascinante la cantidad de botes que había en ese cuarto de baño.



En menos de diez minutos estaba lista, con mi toalla bien amarrada al cuerpo y el pelo envuelto, para que luego tardara lo menos posible en secar. Porque eso sí, yo con mi secador iba a todas partes. Odiaba el pelo rizado. Aunque supongo que, si lo hubiera tenido liso, habría odiado el pelo liso. En fin, la avaricia, o como digan que se llama esa inercia que tienen los humanos…



Poco después de las diez, cuando prácticamente ya estábamos todos arreglados y listos para salir a la calle, mi tío nos sorprendió con un enrome plato de jamón y mucho, mucho, muchísimo pan, para que pudiéramos hacernos un par de montaditos antes de salir a la calle. Mi abuela no paraba de repetirnos a todos y cada uno de nosotros —incluidos nuestros padres— que comíesemos. Después de mucho tiempo me he dado cuenta de que, esa, era otra de las muchas formas que tenía de cuidarnos.



Ella es la que tiene la culpa de que yo haya aprendido el valor que tienen las cosas. Y, sobre todo, a tatuarme esa mítica frase de: “tú disfruta, madre mía, que las cosas malas siempre vienen sin avisar, y mientras no vengan, aprovecha”; seguido de un “ojo”, que te mantenía alerta para absolutamente todo.



Quizás ese “ojo” fue el que me hizo perderlo toda aquella noche, en la que él me regaló una primera vez que ha sido la protagonista de todos mis insomnios desde que sucedió.



Él. Nos volvimos a ver después de dos años sin saber nada el uno del otro, y desde que chocamos en la esquina del bar de siempre no nos separamos en toda la noche. Hasta que, volviendo a casa, un beso cargado de todo lo que nunca nos habíamos atrevido a decir nos robó esa primera vez que nunca llegaba. Esa primera vez que nunca nos regaló una primera cita.



Esa primera vez que nos atrevimos a jugar a perderlo todo. Pero no fuimos capaces de ganarlo. Porque fingimos que el miedo era suficiente para alejarnos de nuevo. Pero ni yo he podido olvidarla, ni tú has sido capaz de tener otra primera vez.