La Primera Vez
Miguel Arlandis Millá | Gervasio

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Gervasio Canteras, panzudito, paticorto, con ese bigotillo que adorna su labio superior. Como pintados con boli Bic naranja, que escribe fino, los pelillos que él peina bajo su nariz. Y maricón. Condenado en firme por todos los que le conocen, sin el cuerpo del delito, sin el arma homicida y sin móvil. Sentenciado, sin posibilidad de apelación y sin poder presentar coartada. Y encima sin saberlo.

Lleva casi dos años en una web de citas de esas del internet, sin que lo sepa su madre, la señora Milagros, viuda de profesión, con sus cosas de viuda, las de toda la vida, telenovela, bata negra y misa de diez. Y Gervasio con sus mensajes a las mujeres del internet. Y ellas sin responder. Él sin citas, con casi treinta y cinco, y por ello: maricón. Y él sin entender. “Lo és” decía Matilla en el instituto, siempre ofensivo. Acribillado, insultado, menospreciado, desde el colegio, con sus complejos. El miedo y el no saber, que le atenazan cuando mira a una mujer. Y su poca prisa por arreglarlo. Y las del internet que no contestan sus mensajes. Y él a lo suyo: pico y pala, ahora que ya se ha decidido, por fin.

-No conoce mujer- preocupada le dijo su madre al cura.

-Maricón- se dijo para sus adentros don Julián, el cura.

Y llegó el día, tan esperado. Un mensaje de una mujer del internet y le ha pillado a contrapié a Gervasio. Tanto tiempo es normal que le pille así con la guardia baja. Una cita: en un bar, a una hora. Nada le dice a su madre. Le tiembla hasta el bigote. ¿De qué hablarán? ¿Qué beberán? Y si va bien, ¿qué más hará?.

Camisa de flores, la de la comunión de su primo Antolín, está como nueva. Gira a un lado, a otro, frente al espejo. Cuatro pelos engominados, lanzados sobre su calva, de izquierda a derecha, para esconder lo que no puede esconder. Y el bigote cepillado. Y temblando; le sudan las manos.

-No vuelvas tarde -le dice su madre, la señora Milagros, viuda- vigila lo que te ponen en el vaso. Y no fumes.

-Sí, mamá.

Cierra la puerta, bien perfumado. Andando, camino del Infanta, suena importante, se siente importante, con su bigote y su pelillo. Se ha girado una chica al verle. “Si me viese Matilla, si estuviera don Julián”.

Asoma sus cuatro pelos por la puerta del bar. Entre los clientes una chica sola toma café al fondo -¿será?- piensa. Ella le mira. “Es” susurra. Avanza dubitativo, sudoroso. Traga saliva. A dos pasos de la mesa está cuando ella se levanta.

-¿Se va?

-Me voy- cabeza gacha, sin mirar, huidiza.

Pues no, no era ella.

Él se sienta. A esperar. Inquieto.

-¿Qué tomará?

-Estoy esperando- dice resignado.

Las siete y cuarto y Gervasio sin café y sin cita, esperando, sin primera vez, ya sin nervios, solo con ganas de abandonar.

¿Por qué? Maldice enfadado, decepcionado, camino a casa. Las ocho y diez. Esta vez no lo sabrá.