La probabilidad estadística de que tu cita sea un asesino en serie.
Samuel Gómez-Caro Fernández | Nick Name

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Alguien chista desde una de las terrazas de esta calle, lo cual sólo consigue que nuestras carcajadas tripliquen su volumen.

En cualquier otro momento, habría empatizado con quien quiere descansar. La almohada de mi casa también está pegada a la ventana, y siempre he detestado a las parejas empalagosas que ríen pasada la medianoche.

Ahora las entiendo. Después de tres años sin una, por fin me he animado a tener una cita. Y, contra todo pronóstico, está yendo de maravilla.

No es que sea pesimista. Si no lo intenté antes, es porque estaba convencida de que la cita probablemente iría mal. Conectar con alguien es complicado y, para perder el tiempo, me compensaba más quedarme en casa.

Me alegro de no haberle hecho caso a mis razonamientos por una vez. Y ya tengo algo de lo que presumir en mi próxima sesión con Elena, mi psicóloga.

Me paso los días aplicando la estadística a todo, aunque jamás he sido buena en matemáticas. Elena dice que no debería obsesionarme, ya que:

1) Nunca sé en qué lado del porcentaje voy a caer.

2) Si la estadística que sigo no está respaldada por datos de ningún tipo, sino que la construyo según lo que me interese, es una patraña.

―¿Entonces te apetece que subamos? ―me pregunta Rubén―. ¿O sigues convencida de que puedo ser un asesino en serie?

Doy un traspié y me agarro a su cintura para no caerme. La tercera copa de Verdejo ha sido una decisión arriesgada.

―No he dicho que esté convencida. ―Lo señalo con el dedo―. He dicho que es una posibilidad. Al fin y al cabo, eres un desconocido de Internet.

Su sonrisa se ensancha.

―Uno que has escogido de entre miles tras reflexionarlo mucho ―rebate―. Y apenas hay asesinos en serie en España… si es que hay alguno activo ahora. Si tuvieras razón, no sé qué diría de ti.

―Que tengo muy mala suerte.

―O muy mala puntería.

Tiene razón. No necesito buscarlo: la probabilidad estadística de que tu primera cita en años sea un asesino en serie debe de ser minúscula. Además, Rubén es…

―Y ya te he dicho que soy psiquiatra ―añade, como si pudiera leerme la mente―. Diametralmente opuesto a ser un psicópata, ¿no? O sea, me pasé la carrera estudiándolos.

―Claro, ¿pero hasta qué punto es distinguible quien lo estudia por interés de quien se documenta para el crimen perfecto?

―Touché. Aunque no es por nada, pero estamos yendo a tu casa ―apunta cuando nos detenemos en el portal―. ¿Cómo sé que no eres tú quien planea matarme?

Me pongo de puntillas para besarlo.

―Pronto lo averiguaremos.

Feliz por nuestra afinidad, subimos al ascensor y no nos detenemos hasta que llegamos a mi salón. Nos quedamos inmóviles en la estancia débilmente iluminada. Rubén rebusca en sus bolsillos y, por un segundo, me asusta la idea de que pueda sacar un cuchillo o una pistola.

Pero no es más que una cámara.

―Quiero inmortalizar este momento ―explica―. Estás preciosa.

Sonrío, aliviada. No es un asesino en serie.

No sé de qué me preocupaba. La probabilidad estaba de mi parte.