LA PROBETA
REKA REFOJOS GONZALEZ | KUYFOX

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Caminaba tan despacio que había que contemplarlo con detenimiento para saber si iba o venía. A pesar de que arrastraba los pies, se podría decir que flotaba sobre el pavimento. La mirada perdida. Una mano en el bolsillo, la otra pegada al móvil. De los labios sobresalía un minúsculo tubillo de plástico que lo delataba, estaba chupando una piruleta. Quizás estuviese nervioso. Tal vez solo buscaba matar el tiempo de espera que le tocaba en la entrada del recinto. Claro que también podía ser que intentaba disimular y pasar desapercibido. No lo estaba consiguiendo.

La puerta, disimulada entre la fachada del edificio y la entrada al garaje, no tenía ningún cartel visible que indicase lo que se trajinaba allí dentro. Fermín − hombre de bien, cabal, educado, elegante y al borde de la jubilación−, tocó levemente un botón del teléfono y miró la hora. «Todavía falta media hora ¿Por qué carajo he tenido que madrugar tanto, qué hago?, ¿me voy a tomar otro café; sigo contando las baldosas de la acera; me siento; me levanto? Carajo, tanta indecisión va a influir negativamente en el resultado final. Ya verás», se decía una y otra vez. Un grupo de chicas adolescentes −con las mochilas del cole al hombro− pasaron a su lado. Una de ellas se volvió, lo observó de arriba abajo; un ligero ademán con la cabeza; una sonrisa; un giro de trescientos sesenta grados; se agarró del brazo de su compañera y siguió caminando. Él levantó la cabeza al infinito, suspiró y continuó flotando sobre la acera. Pudo darse cuenta de que el cielo estaba muy encapotado. «Amenaza diluvio», murmuró.

Al fin, se decidió a pulsar el timbre. Era la hora. Inspiró profundamente, apretó el botón y esperó. Un hilillo de sudor descendió por su frente hasta detenerse en la ceja. Se frotó la cara con la manga de la camisa para secarla. Un clic metálico sonó en la cerradura. Nadie se acercó a franquearle el paso. Empujó la hoja y entró. Vio un mostrador y se acercó hasta él. Una mujer, ya entrada en años, lo saludó y le hizo un gesto para que se acercase. Vestía una especie de uniforme sanitario de color rosa pálido que, a todas luces, no era de su talla. «Le harían falta un par de tallas más», pensó Fermín. Observando la expresión de la mujer era evidente que le importaba un pimiento lo que pensaran los demás de ella.

−Rellene este formulario con sus datos personales −Fermín miró el papel y dudó−. Tranquilo, la privacidad y la discreción son nuestro lema. Además la ley de protección de datos nos obliga a guardar bajo llave toda la información concerniente a nuestro negocio.

La mujer le puso en la mano un frasco y una revista “muy colorida”, indicándole la puerta a la que debía dirigirse. Fermín volvió a dudar. Ahora sudaba copiosamente.

−Es su primera vez donando esperma ¿verdad? −

Agarró los utensilios, bajó la mirada y afirmó con la cabeza.