La profesora de Matemáticas
Marcelo Morante | Marcelo Cuentista

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La nueva profesora de matemáticas caminaba decidida por el pasillo del instituto. Se dirigía a su primera clase del curso y no podía evitar sentir un cierto nerviosismo.



Todos los años le pasaba lo mismo: la noche anterior al inicio de las clases siempre le costaba dormir y no conseguía pegar ni ojo.



Vestida elegantemente y con un par de cafés en el cuerpo avanzaba hacia su aula recordando los consejos que su viejo maestro del colegio le dio cuando supo que su antigua alumna había aprobado la oposición: “Jamás dejes que noten que tienes dudas, los alumnos huelen el miedo…” o aquel otro que decía “Comienza siempre fuerte, infundiendo respeto en tu alumnado. No seas nunca amiga de tus alumnos…Ya tendrás tiempo de levantar un poco el pie del acelerador a final de curso”.



La joven profesora de matemáticas empezaba a pensar que su viejo maestro, sin querer, confundía el miedo con el respeto y la simpatía con la debilidad, pero nunca había cuestionado sus métodos y también a ella le habían proporcionado muchos éxitos. Este curso no haría una excepción.



Mientras se acercaba a su clase repasaba mentalmente su discurso: Comenzaría con una breve presentación donde no admitiría ninguna interrupción ni preguntas personales. Después, continuaría mostrando los libros de texto de ese curso y finalizaría haciéndoles copiar los contenidos de su asignatura y los criterios de evaluación. Éxito asegurado.



Seguramente podría comenzar con el temario ya en la primera clase. Los contenidos del curso eran muy amplios y no podía permitirse la más mínima distracción.



Años y años de sacrificios y estudio habían hecho de ella una gran profesional, disciplinada y metódica. Con su inteligencia y trabajo duro había conseguido ser una de las más brillantes de su promoción y había aprobado la dura oposición a la primera. No podía permitirse deslices, tenía que estar a la altura de la asignatura y de su reputación personal.



Nada más abrir la puerta del aula percibió una atmósfera rara. Los niños guardaban un respetuoso silencio sobrecogedor y la profesora se sintió extrañamente incómoda.



Tras la breve presentación prevista, pasó lista y la situación, lejos de tranquilizarla, cada vez estaba más enrarecida. Nadie hablaba, nadie reía, nadie molestaba… Podría parecer el sueño de la mayoría de profesores, pero no. Algo fallaba.



Empezó a sospechar que echaba un poco de menos el habitual jaleo de una clase llena de chavales.



Y entonces lo percibió. Notó el miedo en la mirada de sus alumnos y finalmente comprendió que el terrible monstruo invisible les había robado la alegría. Y que ella, su profesora, no podía permitirlo.



Por primera vez decidió traicionar los consejos de su viejo maestro y dejó a un lado la programación y el temario, porque de repente ya no le parecieron tan importantes.



Así que, convencida, escribió en la pizarra: “Lección del día: Aprender a sonreír con los ojos”.



Y ese día, sin saberlo, la joven profesora de matemáticas se convirtió en una verdadera profesora.