La profeta
Iren e Losada Bestilleiro | Irene

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Siempre pensé que los niños no eran para mí, hasta que vi tu rostro y quise que los míos lo tuvieran. Me encantas. Me encantan tus piernas. Me encanta tu pelo, y la forma en que te ríes resoplando sin abrir la boca porque detestas tus dientes. Me encanta que me intentes enseñar sobre cine aunque sabes que no tengo la paciencia ni para terminar una sola película. Me fascina que empecemos hablando del tiempo y acabemos en un debate sobre literatura rusa. Me encanta la forma que tienes de consolarme con tu silencio cómplice. Me encanta cuando estoy cocinando y vienes por detrás a abrazarme con tus brazos infinitos. Me encanta ponerme de puntillas para llegarte y que me duela el cuello de tanto mirar para tu cara, y me encanta la forma que tienes de colarte en medio de mis grietas buscando, como el agua, el camino de menor resistencia a mi interior.

No quiero que me toques si no vas a hacerlo para siempre. Y no quiero que me beses, porque una vez que pares sé que tendré la punta del cuchillo en mi yugular, dispuesta a acabar conmigo por ser tan osada de creer que podría vivir sin tu roce traidor.

Toda la eternidad serás la mano que me apriete hasta asfixiarme, mientras te miro con adoración y recelo. Si algún día consiguieses verte como yo te veo, dejarías de odiarte al instante, porque nadie podría odiar algo tan precioso y maravilloso, tan único.

Nos veo caminando en la montaña en Nepal, aferrada a tu pecho en la playa, corriendo por la ciudad aunque haya tormenta; pero siempre sin miedo a perderme. Sabrán dónde estoy porque seré la que sueñe contigo todas las noches y a la que le faltes todos los días; y me reconocerán porque te tendré en mi piel, infectándome el resto de mi existencia.

Puedo ver mi hogar en tu cuerpo y abrirme en canal con mis propias uñas para que hagas un festín de mis restos; alojarme en tu mentón y darte los buenos días posando mis dedos fríos en tus labios. Ahora entiendo por fin que estaba destinada a ti; a este momento, aquí y ahora. Ya no soy capaz de ver a la gente pasando, ni los pájaros cantan, ni el viento me azota las mejillas: solo te siento en mí. El reloj no avanza, porque hasta el tiempo teme tocarte. No hay nadie más – no hay nada más en el Universo que tú y yo.

He vuelto a perderme en tus ojos una vez más y ojalá no hubiese encontrado el camino de vuelta, porque me hubiera gustado morir ahí, dichosa, pero aun así espero no haberte asustado. Tenemos una vida por delante.



– ¡Hola! Tú debes ser Marcos, ¿no?