La puerta de cristal
Mar Castro Bujeiro | Madre

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Te veo, te contemplo, te miro y te admiro; y no puedo hacer más que adorarte.



Hoy se cumple un año de aquel encuentro tan especial, que cambió mi vida para siempre.



Recuerdo perfectamente el día anterior a mi viaje, hacia tu encuentro. Era un día soleado de un inusual mes de enero. Mi nerviosismo no me permitía seguir la rutina habitual de mi día a día. Un nudo en el estómago, me impedía tomar ningún tipo de alimento que no fuese líquido. Tampoco Morfeo tuvo a bien acompañarme durante más de 50 minutos seguidos. Por eso decidí, alrededor de las seis de la tarde, ir a mi rincón favorito; ese que siempre me calma. Al llegar, me senté en la roca, mi roca, nuestra roca y me dispuse a contemplar el ocaso, para todos; o solpor, para nosotros. Siempre son especiales en este lugar, pero ese día fue todo un espectáculo. La grandeza del Astro Rey, la intensidad de sus naranjas rosados, penetró en mis retinas, inundando mi cerebro de belleza y de paz mi alma.



En ese momento, supe que todo iba a salir bien. Recogí una concha, de esas que siempre se encuentran en la playa, con la intención de almacenar en un colgante, la intensidad de todas esas buenas vibras.



Nueva noche de agitación e impaciencia.  Un avión me lleva de Lavacolla a Barajas en un tiempo récord. Casi no pude digerir que, en menos de dos horas, podría ver tu cara.



Mientras el reloj no marcaba la hora señalada, opté por tomarme un zumo natural, en el 91 de la Calle Serrano, zona próxima al punto de encuentro. Quería observarte, tranquilamente, antes de presentarme ante ti.



¡Llegó la hora! Salgo del local y puedo observar, entre el tumulto de viandantes y vehículos que te acompaña una chica muy bella y que te trata de forma muy cariñosa.



Me acerco, lentamente, intentando disimular mi nerviosismo. Las piernas me tiemblan tanto que parece que me voy a desplomar en cualquier momento. Dudo si seguir avanzando y, de pronto, giras tu mirada hacia mí y, sin más, sonríes. ¡Ahí, en ese lugar y en ese instante, me enamoré! Nunca olvidaré esa sonrisa tan callada, esa dulce mirada que habla con largos silencios.



Saludé, cordialmente, a tu acompañante y, por primera vez, pronuncié tu nombre en voz alta. Inmediatamente, extendiste tu mano para tocar el colgante que llevaba en el cuello y que parecía que te suscitaba gran curiosidad. Me lo quité y te lo puse en la muñeca. No fue necesario nada más; acercaste tu mano a la mía y ya nunca más la soltaste. ¡Amor a primera vista!



Y así llegamos hasta aquí, a nuestra playa, a nuestra roca, a nuestro rincón favorito en donde cada día, que el caprichoso clima del norte nos lo permite, disfrutamos de la vida, del mar, de los mejores atardeceres del mundo y del amor más grande y verdadero que jamás puede existir: el amor entre una madre y su hijo.