LA PUERTA DEL DESTINO
Dante Ferrel Fernández | DYLAN CRUZ

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Desde que crucé esa puerta, supe que mi vida cambiaría para siempre. Era una noche de lluvia, típica de las películas románticas. El sonido de mis tacones resonaba en el vacío del callejón oscuro. Allí estaba él, esperándome bajo el paraguas, con una sonrisa nerviosa pero encantadora. Mi corazón latía con fuerza, la emoción y la incertidumbre se mezclaban en mi pecho.

Nos sentamos en aquel café acogedor, el aroma del café recién hecho llenaba el aire, creando una atmósfera íntima y cálida. Hablamos de todo y de nada, como dos extraños que desean conocerse más allá de las apariencias. Su mirada profunda me hipnotizaba, era como si pudiera leer mis pensamientos más íntimos con solo un vistazo.

Cuando terminamos nuestras bebidas, me invitó a dar un paseo por la ciudad. Las luces de neón iluminaban las calles mojadas, creando un paisaje urbano mágico. Caminamos sin rumbo fijo, perdiéndonos en la conversación y en la complicidad que surgía entre nosotros.

De repente, sin previo aviso, nos detuvimos frente a una puerta antigua y desgastada. Parecía sacada de un cuento de hadas, con sus ornamentos tallados y su aire misterioso. Me tomó de la mano y me miró a los ojos con una intensidad que me hizo estremecer.

«¿Estás lista para descubrir lo que se esconde detrás de esta puerta?», preguntó con una sonrisa traviesa.

Asentí con un nudo en la garganta, sin saber qué esperar. Con un gesto elegante, abrió la puerta y me invitó a pasar. Lo que vi al otro lado me dejó sin aliento.

Era como si hubiera cruzado a otro mundo. Un jardín secreto se extendía ante mis ojos, lleno de flores exóticas y criaturas mágicas. El cielo nocturno brillaba con una intensidad sobrenatural, como si las estrellas estuvieran más cerca que nunca.

Me giré hacia él, con los ojos llenos de asombro y gratitud. Pero en lugar de encontrar su mirada cálida y familiar, me encontré con unos ojos fríos y sin vida. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando me di cuenta de que ya no estaba con el hombre que conocí esa noche.

«¿Quién eres tú?», murmuré, retrocediendo instintivamente.

Una sonrisa siniestra se formó en su rostro, revelando unos dientes afilados como los de un depredador. «Soy el guardián de este lugar, el guardián de los deseos perdidos», susurró con una voz que parecía venir de lo más profundo de la oscuridad.

Entonces, comprendí la verdad. Había caído en una trampa, seducida por la promesa de una aventura emocionante. Pero ahora estaba atrapada en un mundo de sueños rotos y promesas vacías.

La puerta se cerró con un estruendo detrás de mí, sumiéndome en la oscuridad. Y mientras me enfrentaba a mi destino incierto, me di cuenta de que algunas primeras citas pueden llevarnos a lugares de los que nunca regresaremos.