1509. LA RANA DEL PRÍNCIPE
Mónica Beneyto Hurtado | Mo

Era nuestra primera cita. Él era todo lo que había pedido: un andaluz moreno de ojos verdes que demostraba verdadero interés en mí. Yo no sentía exactamente lo mismo, la verdad, pero una no puede permitirse rechazar las escasas ofrendas del universo.
Así que allí fuimos, al parque de atracciones y en su coche. Sí, así, a lo loco, sin salida de emergencia, con confianza ciega en la ley de la atracción.
Nada más llegar nos cruzamos con el buen muchacho que hace las fotos a la entrada, que dio por hecho que éramos una pareja y no un salto de fe, y nos pidió una pose con besito. Con la cámara sería un hacha pero de lenguaje no verbal andaba justito.
Un poco más tarde, cuando a penas llevaríamos allí una hora, me preguntó si quería un peluche de esos que ganas en juegos de disparos. Fue una forma bastante ingeniosa de tenerme media hora viéndole hacer de Rambo. Y me dio una ranita con la que tuve que cargar el resto del día.
La ranita tenía una cuerda para colgarla y yo me paseaba por el parque con el dedito metido en ella, dándole vueltas. Hasta que se rompió.
La ranita salió volando a unos 203km por hora. Yo me volví esperando reírnos juntos, pero no: por su cara supe que no le había hecho gracia.
Salí a buscar la rana para intentar sofocar el desastre y, aunque ya con una incipiente preocupación por el criterio del universo, conseguimos superar nuestra primera crisis.
Por lo menos hasta que llegó el momento lanzadera. Que a mí me encantan las atracciones, pero es que no le veo la gracia a que te precipiten al vacío sin más, y se considere divertido.
Él insistía, convencido de que venciera mis miedos junto a él (de primero de comedia romántica). Estuvimos de tira y afloja juguetón hasta que, tras mi quinta negativa coqueta, volvió a poner cara de ver una rana volando.
Se subió sólo a la lanzadera y me ignoraba mientras lo saludaba desde fuera, bajo la mirada compasiva de los niños que sólo veían una loca fingiendo tener amigos.
Tras un tenso rato parecía que se le había pasado un poco el enfado, cuando, de pronto, me pregunta:
– ¿Y la rana?
Me paralicé. Recordé el banco donde habíamos comido y como, en el transcurso de un sándwich, mi necio cerebro había olvidado su existencia. Era el fin. A juzgar por su rostro, era el fin. A juzgar por su rostro era el hijo que nunca tendremos, y yo lo había perdido en el parque.
Justo empezaba el desfile final de las princesas. Pensé que Ariel ablandaría su corazón. Pero no. Se puso bien lejos y volví a ser la loca de amigos invisibles.
Jamás he vivido nada más triste que un desfile de princesas sola.
Bueno, quizá los 40km de vuelta, observada con desprecio como maltratadora de anfibios, mientras notaba como pensaba en lo que habría hecho mal en esta vida para que el universo me pusiera en su camino.