824. LA RAYA BLANCA
Manuela Reyes Checa | MRC

Maria aún se sentía rara y miraba a su madre sentada enfrente. La pobre aún iba vestida toda de negro y le daba algo de vergüenza. Esas cosas en la capital ya no se estilan. Su madre miraba alrededor, captando todo el entorno y curioseando, como siempre le gustaba hacer. Se alegró de ver que, al menos, la tristeza se había alejado un poco de sus ojos. No hacía ni tres meses que su padre había muerto de una forma traumática. La verdad era que se sentía algo culpable por sacar a su madre del entorno del pueblo, pero se alegró de ver que estaba tan entretenida y disfrutando de su primer viaje en metro por Madrid. Además, la causa se le antojaba muy dura. No estaba segura de poder resolver todo el papeleo que suponía arreglar su situación en la universidad. No lo lamentaba y nunca hubiera dejado a su madre sola en casa, tan lejos del pueblo. Era su decisión, y ya está.
Sonó su parada y la instó a levantarse. Le pareció un pájaro demasiado oscuro, casi una monja, vestida con aquel abrigo negro, tan negro, que deprimía. No quiso decirle nada porque la pobre iba estrenándolo y le había dicho que era un regalo de su tía. La azuzó para que se metiera entre la gente y no se dejara arrastrar por los que siempre llevan prisa y se echan delante sin ningún miramiento. A aquellas horas siempre iban llenos los vagones.
María logró salir y creía que su madre iba detrás, pero al darse la vuelta no la encontró y no la vio fuera del vagón, sino aún detrás de un señor muy grande que acababa de entrar e intentaba agarrarse a la barra. La instó viendo como las puertas iban a cerrarse y, de repente, su madre se movió rápido, también asustada por quedarse sola atrapada en el vagón, y se quedó plantada en mitad de las puertas mientras estas se cerraban.
No supo como reaccionar.
Ahí estaba su madre, de medio lado, con los brazos abiertos y las puertas cerradas sobre ella por la espalda y el torso, como en una película de Almodóvar. No sabía que hacer, pero vio aliviada como las puertas se abrían y la ayudó a bajar. No pudo evitar ir riendo todo el camino hasta llegar al despacho del Decano. Tubo que templarse bastante y aguantar la risa al echar este una ojeada de asombro a la raya blanca y deslucida que atravesaba en vertical el abrigo de su madre por delante y por detrás.
«Que guarrería de puertas. ¿Es que no las limpian nunca? Vaya un estreno que le he dado al abrigo. Anda, que cuando se lo cuente a tu tía», se queja su madre cada vez que lo recuerdan mientras se siguen riendo a la vuelta.