591. LA REINA DE LA VEJIGA
Olga Hernández Vitoria | EREBO

LA REINA DE LA VEJIGA

Nadie le había hablado del placer a doña María de las Mercedes. No del placer como concepto -que había oído nombrar a su tío Cosme, intelectual republicano muerto de un golpe de tos sanguinoliento en el sanatorio antituberculoso de la quinta “La Salud”- sino como vivencia íntima de las propias carnes ubicada en las tripas, lejos del vago territorio adjudicado a las extravagancias literarias. La princesa del control de esfínteres, tan pudorosa como su creyente y monárquica madre, había sido adiestrada en el arte del disimulo de los inoportunos momentos de retorcimiento intestinal: jamás daba licencia a las ordinarieces de la evacuación y la flatulencia hasta la noche, momento en que, por fin, desabrochaba fajas y corsés, deshacía lazos y lazadas de sus inmaculados calzones y descorría cerrojos y pestillos de sus impacientes vestimentas para dar salida a los humores acuosos de su cuerpo, los efluvios gaseosos y el confeti de sus intestinos.

Pero aquella tarde de mayo debieron de cruzarse dos astros mal avenidos y doña María de las Mercedes perdió el título de Reina de la vejiga. Tras prohibirle a su hijo Augusto Carlos el regazo de la sirvienta, fue a dar con sus posaderas en la butaca de un palco de cine acompañando a su marido -alcalde- en el estreno de los jolgorios de unos famosos hermanos del mundo del celuloide apellidados Marx. Fue aquella misma tarde en la oscuridad de la sala cuando la notable señora incorporó el verdadero sentido de la palabra “placer” a sus vivencias personales. Una risa incontenible ya en la primera escena obró el milagro y ningún músculo de su adiestrado cuerpo se negó a atender otra orden que la del obsceno disfrute. Allí mismo se orinó de risa ante la mirada atónita de toda la comitiva.