689. LA SAL SOBRE LA TIERRA
Edward Jaramillo González | La pimienta

A mí que no me diga que soy la sal de la tierra, me parece la expresión menos creativa y la más insultante. La sal le quita el sabor a las cosas, todo termina sabiendo a lo mismo: los huevos como si fueran tocino, la lechuga y la zanahoria abriéndose paso de la misma forma en el paladar, un mango teniendo el mismo gusto de una piña. La sal lo echa todo a perder. O será que eso es lo que me quiere decir Mariano, que yo soy lo más artificioso que se riega en su cama. Quizás, es por eso, que no ha querido ponerle nombre a nuestra relación, a pesar de que llevamos tres años acostándonos todos los jueves en la noche y los domingos en la mañana. Tres años de saber que los jueves echamos un solo polvo y los domingos dos y medio. Un ritual que no ha querido oficiar entre sus labios y que yo tampoco me he atrevido a bautizar. Tiene que ser claro para él que los jueves y los domingos huelen a nosotros. A su sudor de pelusa negra y a mi perfume de verbena ciega. Mi cuerpo dejándose caer sobre su cuerpo: debajo de sus sobacos, detrás de sus orejas, en medio de sus nalgas. Quedo tonta el resto de la tarde, no me baño, para olernos de nuevo. Sí, él debe ser consciente de que si no me llamara un jueves o yo le dijera que no puedo verlo un domingo, sería como eliminar los meses de la primavera del calendario. Que él nunca me ha cancelado. Porque hasta cuando nos tocó Navidad y Año Nuevo domingo, el año pasado, cumplimos nuestro ritual, aprovechándonos de la invención de la banda ancha y el roaming. Y sí, también terminó dos veces y media ese día. No puedo creer que antes de irse para el baño haya vuelto a usar la frase de la sal de la tierra para dejarme claro mi significado en su vida. Yo soy la sal sobre esos tenis blancos, ese jean que le ajusta las piernas y ese jersey negro de cuello de tortuga que parece asfixiarlo y me pide que lo salve. Nos vemos ridículos un domingo casi al medio día en el restaurante de este hotel, de manteles blancos y plantas sin flores trepadas por las paredes, repitiendo otros domingos en los que buscamos la excusa de un brunch para terminar desnudos cocinándonos juntos en una cama, primero a fuego lento y luego recalentándonos porque seguimos con apetito. Pero más ridículo aún que haya pedido los huevos, por primera vez, con champiñones y pimienta ¿Desde cuándo prefiere la pimienta sobre la sal?