1182. LA SALA DE OBSERVACIÓN
Nicole Marie Dillman García de Paredes | Nicole Marie Dillman

En diciembre de 2021, esquivar el COVID parecía deporte olímpico. Mis amigas habían caído, luego otras días después y, pronto, tenía más amigos y conocidos confinados que no. Por suerte, ni a mi ni a mi familia nos había tocado pasar la enfermedad todavía, por lo que, antes de todas las reuniones de Navidad, hicimos entre todos un acuerdo que consistía de dos cosas: primero, todos los que quisiéramos estar en la cena de Navidad en casa de la Abuela nos haríamos una prueba rápida en la mañana del evento, y segundo, los que pudiéramos, nos pondríamos la tercera vacuna. Sabíamos que sería lo más seguro para pasarla tranquilos y cuidarnos los unos a los otros. Firmado el contrato hipotético, empecé a investigar dónde y cuándo me podía ir a vacunar.

Me citaron para el 21 de diciembre a la 1 de la tarde. Me pareció buena fecha porque así tendría un par de días para pasar cualquier síntoma de fiebre o dolores que me pudiera producir. Esto ya lo tenía contemplado porque en ambas vacunas anteriores me había ido fatal: un dolor de brazo tan fuerte que no podía ni moverme, fiebre que me tenía delirando y un dolor de cabeza tan grande que me tenía fuertemente considerando decapitarme. Con la esperanza de que ‘la tercera es la vencida’ y pensando que no me podría ir peor, estuve puntual en mi centro de vacunación en mi hora de almuerzo de trabajo.El procedimiento fue el ya conocemos: te registras, te sientas a esperar a que te llamen, te llaman, te pinchan y luego te llevan a la sala de observación. Al entrar a la sala de observación, las enfermeras nos explican que estaremos ahí sentados por quince minutos por si acaso sufrimos de alguna reacción inmediata. Eso en mi cabeza sonó a “quince minutos de estar aquí sin hacer nada… estaría buena una siesta”. Como venía del trabajo, la mochila en donde cargo siempre el ordenador me sirvió de almohada. La puse sobre mis piernas, me abracé a ella, y cerré los ojos.

Estaba en mi quinto sueño cuando me dio la sensación que algo estaba pasando frente a mí. Aún con los ojos cerrados y en el limbo entre dormida y consciente, vi sombras moverse y el negro de mis párpados cerrados se oscureció aún más. Escuché voces susurrando. Sí, alguien estaba parado justo frente a mí.

Abrí los ojos para llevarme el susto de mi vida: las caras de las tres enfermeras a meros centímetros de la mía, una con un estetoscopio en mano, otra con la máquina para medir la presión y la otra preguntándome “joven, ¿¡Qué se siente!? ¿¡Qué le pasa!?” Confundida, miro a mi alrededor para darme cuenta que obviamente, el resto de los pacientes se han volteado a ver la escena de la niña ‘desmayada’. Dejo escapar un tímido “Nada, estaba tomando una siesta, jeje» e inmediatamente el salón entero soltó un gruñido de decepción colectivo. Por supuesto, no pude continuar mi siesta.