919. LA SORDERA
Wladi Martín | Wladi

Es curioso como uno se arregla para ver lo malo en el otro cuando se trata de un defecto propio. Hay gente que se sabe la teoría de maravilla -para los demás-, pero son incapaces, en la práctica, de enmendarse la plana. Hace poco he vivido en mis propias carnes un buen ejemplo de ello.

Cada persona tiene sus razones –las suyas digo–. Todos los demás son los confundidos y lo peor es que, con el ego desorbitado, esa persona es capaz de poner en riesgo la convivencia.

Hablamos de la capacidad que tenemos de ver defectos en los demás. Defectos que nos son propios o no del todo ajenos.

Algo tiene que ver con la ley del espejo. Ahora lo voy a explicar con un divertido cuento que narra Jorge Bucay. Vamos allá.

Un hombre ya maduro llama por teléfono al médico de confianza que normalmente trata a su esposa. Es un viejo amigo, se podría decir que de toda la vida.

Tan pronto oye la voz del galeno exclama alarmado:

“Algo le pasa a mi mujer que se ha vuelto sorda. No hago más que llamarla y ni siquiera me contesta. Se ha vuelto completamente sorda”.

El médico tranquiliza a su amigo. Como conoce la casa le da instrucciones para ver el alcance del mal. Se entera de que la esposa está en ese momento en la cocina y le propone que la llame desde la habitación de ambos sabiendo que está a unos 20 metros de donde ella se encuentra.

“María… María… ¡María!” – acaba gritando.

“Nada, no contesta. No me oye. Está sorda como una tapia”, le dice a su amigo, otra vez al teléfono.

El médico sigue recomendando tranquilidad al desesperado marido y le da nuevas instrucciones.

“Vé ahora al salón y vuelve a llamarla a viva voz”

Seguramente, él también daba sus indicaciones a viva voz, pese a mantenerse aparentemente impasible. Al menos el buen señor apretaba con fuerza el auricular al teléfono para no perderse detalle.

“María… María… ¡María!”. Repitió la operación con el mismo resultado: ninguna repuesta. Y eso pese a estar a menos de diez metros.

Cada vez más nervioso, el cónyuge volvió a ponerse al teléfono para explicar lo sucedido.

“Completamente sorda. No contesta”, respondió.

Su amigo, al otro lado de la línea, siguió recomendando tranquilidad antes de dar nuevas instrucciones.

“Dirígete a la cocina y repite la operación” le indicó el médico.

Así lo hizo el cada vez más nervioso señor.

“María… María… ¡María!” Gritó a espaldas de su señora.

Y se llevó un chasco mayúsculo cuando su esposa se giró y le dijo:

“¡Qué! ¿Qué te pasa que no dejas de gritarme todo el día y cuando te contesto ni siquiera me oyes?”.