881. LA SORPRESA
Luna Ramos Guerrero | La oruguita feliz

Amadora era una joven buena, soñadora pero planificadora, alegre y optimista, tenía una idea de futuro organizada, dónde ella y su pareja, Miguel, terminarían su carrera al mismo tiempo, alquilarían un pisito, se casaría y tres años más tarde, con un trabajo fijo cada uno (ya dije que era una soñadora) comprarían su propia casa y tendrían su primer hijo.
Todos esos planes volaban caóticamente por su cabeza mientras, abierta de piernas en el baño de la casa de sus padres miraba una y otra vez las dos líneas rositas del test de embarazo que tan embarazosamente compró en la farmacia. Casi creyó escuchar el sonido de su cabeza rompiéndose a trocitos, de todos los planes disolviéndose, de los gritos de su madre y su padre al enterarse de esa demencial noticia, de la llantina de Miguel y el agobio de sus suegros.
Al día siguiente, después de litros de lágrimas y horas sin dormir, se envalentonó a decírselo a su pareja.
Las cosas no fueron como Amadora las había imaginado, extrañamente fueron mucho mejores. Miguel saltó de felicidad al oír eso que ella le contó entre lágrimas. Era una imagen inverosímil, él bailaba de alegría y ella le miraba estupefacta.
Desconcertada, pasmada, ¡patidifusa! se quedó al explicarle sobre su estado al resto de su familia. Todos parecían haber perdido la cabeza, la abrazaban, sonreían, gritaban de ilusión, felicitaban a los padres… Amadora se sentía en una mala pesadilla, intentaba pellizcarse para despertar… ¿Cómo podía parecerle una buena noticia a todos? Era muy joven, seguía estudiando, no tenía recursos económicos para cuidar a un niño, ¡no estaba casada! No entendía como sus padres, tan tradicionales como siempre han sido estaban llamando a sus amigos para presumir de la noticia. Ella estaba paralizada del miedo, todos a su alrededor parecían alienados.
Llegó el día del parto, Amadora en una camilla del hospital, de nuevo con las piernas abiertas y rodeada de al menos veinte personas espeluznantes, entre su familia y amigos que no paraban de abrazarla, apoyarla y sonreírle. La imagen le parecía dantesca a la joven asustada y confundida, pero llegó el momento, y frente a todo ese público sonriente, empujó, y con cada esfuerzo sintió más felicidad, más normalidad, a ese ser humano más suyo.

Y por fin, todos escucharon ese llanto inconsolable que llena de felicidad a todo el mundo.
La familia se abraza, la abrazan a ella, lloran de felicidad, de emoción… Los médicos se llevan al pequeño para limpiarlo, la madre ahora lo ve todo más claro, se une a ese júbilo… Hasta que vuelve uno de los doctores, con el bebé envuelto en una manta y una cara pálida como la nieve,
-Ha salido tortilla.
Todos se miran sin entender de qué está hablando.
-El niño ha salido tortilla.
Mientras todos, perplejos, lo miran, le pasa la manta azul a la madre, quien la abre dejando ver, claramente, una tortilla de patatas de cinco kilos que respira despacito. Está tostadita, pero no muy hecha.