390. LA SUERTE DEL EMPRENDEDOR
Salvador Calvo Oliva | Prof. Salvatore Corvo di Moledo

Aquí estoy, en la cubierta de esta trirreme con destino a las tierras de los ítalos, dando de comer a los peces por la borda cada vez que Poseidón tiene a bien darle un meneo al barco y mis tripas deciden deshauciar, desalojándolas de su natural hogar, a las pocas míseras gachas que nos dan para desayunar. Dejo, pues, atrás mi querida pero ingrata Grecia.
Cierto es que la diosa fortuna no me ha sonreído estos últimos años (y si lo ha hecho ha sido enseñándome la dentadura cariada) y que siendo como soy mercader y comerciante, mis negocios no han sido todo lo beneficiosos que debería esperarse. Por ejemplo, aún no entiendo por qué la viuda de un tal Leónidas me montó un pollo monumental por intentar organizar un mercado persa en Esparta. Debe ser que no entienden de moda: allí los hombres gastan más en escudos y entrenadores personales de gimnasio que en ropa. Lo de venderle gafas a los cíclopes solo salió bien al cincuenta por ciento, y les aseguro que las graduaciones eran perfectas, supervisadas por el mismísimo Arquímedes. Viajé luego a Troya con una remesa de caballitos de madera y tampoco les hizo mucha gracia, así que intenté vender zapatos a un grupo de mirmidones que acampaba por allí. Solo vendí un par (muy bonito, que dejaba el talón al aire) a un tal Aquiles, pero ese mismo día la palmó dejándome a deber la compra. Decidí entonces montar una agencia de viajes, negocio que tampoco funcionó. Mi único cliente, llamado Ulises de Itaca, tardó años en llegar a su destino, y tampoco quiso pagarme el servicio. Viendo que el futuro estaba en la rapidez de los desplazamientos, abrí una compañía aérea, que no prosperó porque todas mis trabajadoras eran, literalmente, unas arpías. Y cuando digo “literalmente” lo digo en serio. Al final, como el comercio no era lo mío, quise probar suerte como escritor, dejando reseña de todo lo acontecido en aquellos lares, que asuntos bélicos y de amores no faltaban, y eso siempre interesa a los lectores. Contraté un secretario, que a pesar de ser ciego escribía con muy buena letra. Homero se llamaba el muy truhán, y escapó con mi relato. Seguro que se está haciendo de oro con él.
Cansado de todo, consulté con un adivino, que tras olisquear las criadillas de un toro para ver el futuro, me dijo que es más allá del mar Egeo, en lejanas tierras, donde me espera un destino fulgurante y donde he de brillar como el fuego de un faro, así que he embarcado camino a tierras itálicas a enderezar mi suerte. Voy afincarme en una ciudad preciosa con unas bellas vistas a una montaña imponente. Ardo en deseos de llegar. Se llama Pompeya, a los pies del Vesubio.