976. LA TABLA
PATROCINIO GIL SÁNCHEZ | El Cojo

Manuel Rodríguez Puchero vivía en una pequeña hacienda entre montañas con su mujer Benita, 19 gallinas, 32 conejos, 9 ovejas y dos vacas, la Mora y la Solana. Y hete aquí que la Mora entró en celo y el bueno de Manuel, la llevó del ramal cruzando primero el valle y luego subiendo hasta casi la cima de la montaña Chica donde el Cándido y la Paca tenían sus campas, huerto y animales en la ladera y, entre ellos, el semental al que acudían todos los propietarios de las vacas de los alrededores para que éste las cubriera.
Salió al alba y llegó allí a eso del mediodía. El Cándido no estaba según dijo su esposa, como le dijo, que el semental, ya con años, no podría cubrir a su vaca porque ya había cubierto el cupo del día: 9 vacas. Que lo sentía de veras pero habría de volver otro día.
-Mujer, no me hagas esto, respondió Manuel. Si tengo que pagarte algo más te lo pago. Pero llevo más de seis horas de camino y otras seis de vuelta y no es plan.
-Lo siento, pero es lo que hay, volvió a retolicar la mujer.
-Mira, vamos a hacer una cosa, déjame una tabla y verás.
La mujer, por curiosidad, le acercó una tabla y Manuel acercó La Mora al semental mientras le pasaba con suavidad la tabla por el lomo una y otra vez hasta que éste se fue entonando y, zas…, cubrió a la vaca en un santiamén.
-Qué curioso, se limitó a decir la mujer.
Manuel abonó lo convenido dejando propina y, tirando del ramal del animal se volvió para su pequeña hacienda. Pero hete aquí que a los dos meses, la Solana entró también en celo y Manuel, la llevó del ramal con las claritas del alba cruzando el valle y llegando a eso del mediodía a la cima de la montaña Chica donde Cándido y Paca tenían el semental.
Esta vez sí estaba el dueño que, como la vez anterior su señora, le dijo que el toro no podría cubrir la vaca porque era mayor y había cubierto las 9 vacas de cada día y que volviera otro día.
-No me jodas Cándido, que he salido de casa con el alba y quieres que me vuelva sin cubrir la vaca. Te pago el doble pero no me hagas esto hombre.
-Que no puede ser, ya lo siento.
-Mira si nos entendemos, ¿no tendrás por ahí una tabla, acerco la vaca al toro y esperamos a ver lo que sucede?, dijo Manuel como último remedio.
-Así que tú eres el de la tabla, ¿no?, preguntó sorprendido el Cándido.
-Sí, ¿pasa algo?…
-¿Que si pasa algo?. Mira cómo tengo la espalda, le enseñó el pobre hombre.