La tempestad
Chiara Ponsetti | Kansas

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Fue la primera vez que se quedó a dormir. La primera en diecisiete encuentros, en diecisiete intercambios de mensajes y llamadas. De diecisiete veces en las que besaba su piel con la yema de los dedos. Pero más que _quedarse_ a dormir, diré que se _quedó_ dormido. Se quedó dormido y tampoco supe qué hacer. Despertarlo sería poner en evidencia mi falta de educación. Sería decir claramente algo que tampoco tenía que saberse: que quería que se fuera. Mi cama era mía, era mi fortaleza, mi barco pirata. Su cuerpo era como una tormenta desbocada, como una marea que no dejaba de subir. Me preguntaba a menudo si acaso no deseaba verme tragada por el mar, ahogada por las tempestades del mal tiempo. Si acaso el mal tiempo es capaz de durar más de dieciete noches sin descanso.



Leía cuando se despertó. Tenía el pelo alborotado, la voz todavía ronca.



“¿Qué hora es?”



Yo tampoco lo sabía. Había pasado las últimas horas poniendo en orden ideas que eran imposibles de organizar. Me di a la lectura, al libro que él había dejado diez noches atrás en la mesita del salón. El abandonarlo sin más se había convertido en una broma recurrente.



Le dije que no sabía qué hora era, volví a las páginas del libro.



Se vistió y se fue. Estaba avergonzado. Era ya capaz de adivinar esa expresión en su rostro.



Seguí pensando en mares dominados por el viento y los amaneceres oscuros. Tardé en leerme el libro otras once noches más. Pasadas dos noches más, la broma dejó de hacer gracia. Me dijo que le devolviera el libro, nunca más se quedó dormido. Llegó la primavera y pensé que las flores quedaban mejor en mi mesita de noche, que ya el tiempo había mejorado lo suficiente como para seguir sintiendo que en cualquier momento debía saltar a un punto muerto del océano. Era alérgico a los tulipanes, a las rosas y cualquier planta que floreciera entre marzo y abril.