1370. LA TETA ASESINA
Salvador Terceño Raposo | Eloy Salvatierra

Las costumbres humanas son ajenas a la estricta jerarquía de la lógica.
Antes, por ejemplo, los viejos morían en sus casas, en dormitorios lúgubres con olor a cera y piel seca. Luego, con la desaparición de las lavativas y la llegada del paracetamol, los abuelitos se volvieron increíblemente longevos y las parejitas establecían sus hogares en espaciosos pisos con olor a gotelé y formica. En ellos no pegaba una octogenaria agonizando en una cama sueca entre flemas y estampitas de santos. Por ello cuajó la costumbre de llevar a los abuelos al hospital al primer indicio de moribundez.
—Tengo el cuerpo disgustao —dijo una vez mi abuela, ajustándose la toquilla. Y mi padre la arrastró al seiscientos y corrieron al hospital con un pañuelo blanco en la ventanilla, saltándose semáforos.
Allí pasó la noche y regresó con la abuela igual, deseando echarse en su cama para poder pegarse el transistor a la oreja y escuchar a Manuel Molina o a Rocío Jurado con aquella expresión tan suya de «como en casa, en ningún lado».
Y es que, los que siempre han cuidado bien son los abuelos. Sin tantas tonterías.
—Abuelo, me he caído.
—Ponte saliva
—Pero es que me duele.
—Sóplate.
—Tengo sangre.
—Normal, te has caído.
Así iban las cosas hasta que hace unas décadas nos volvimos modernos y todo cambió. Pero ahora un pánico se ha extendido entre los abuelos, sobre todo los masculinos. Nada viaja tan rápido como un rumor. Lo comentan en las peñas y casinos, en las vallas de las obras, en los burdeles.
—¿Paco? ¿Qué Paco?
—Coño, Paco. Nuestro Paco.
—¿Muerto? ¿Cuándo? Pero, si estaba bien…
—¿Paco bien?
—Hombre, tampoco estaba mal.
—Se miraba al espejo y se decía «¿Donde vas, papá?»
—Bueno, la cabeza no la tenía muy bien eso sí…
—Desde que dejó de caminar tras el infarto.
—Normal…
—Pues eso.
—Pues eso, ¿qué?
—Que ha palmao.
—¿No jodas? ¿Quién?
—Paco.
—¡Qué cabrón, y sin avisar!
—Lo llevaron a urgencias. Eso es lo que se hace ahora cuando no estás muy malo. Cuando estás muy malo va una ambulancia a tu casa y te bajan en una silla por la escalera.
—¿Pero qué pasó?
—Le cogió una teta a una enfermera mientras esta le colocaba una sonda urinaria.
—¡Qué cabrón, Paco! Que en paz descanse…
—La enfermera le noqueó de un tetazo. Traumatismo cráneo-encefálico grave.
«Fue un acto reflejo», insiste ella, «no hubo intención». Pero el tetazo fue letal. Está muy apurada.
—Pero, pero…
—Era un pecho duro como el codo de un marine, ágil como los muslos de un ninja… letal como el puño de un boxeador.
—¿Entonces?
—Ni veinticuatro horas duró.
—¡Hostiaputa!
Por eso los abuelos ya no quieten ir a urgencias y prefieren enfermar en las casas, aunque sus hijos protesten porque no pegan con los muebles de IKEA ni con la tarima flotante. Se ha corrido la voz: ha llegado para quedarse y tiene sed de muerte.
Es letal y la llaman: la Teta Asesina.