704. LA ÚLTIMA CENA
Nuria Fernández Peña | Optimista

Tampoco me gustaba tanto. Pero no estaba mal para pasar el rato. Cumplía los suficientes requisitos de mi lista de mínimos del momento (¡lo que ha cambiado a lo largo del tiempo!) como para tirar algunos meses. Eso pensaba yo. Era alto, inteligente, divertido y tenía un sillón Eames de piel en el salón y un puntito excéntrico que sumaban bastantes puntos. Él no parecía tampoco demasiado entusiasmado y eso ponía las cosas más fáciles. Sin duda. Quedábamos una vez por semana y yo, que huyo de las intensidades (punto inamovible en mi lista metamórfica) me sentía cómoda con aquello. Por eso no lo vi venir. Esta vez no.
Aquella noche íbamos a ir a cenar a una hamburguesería «elegante» (quién sabe según qué criterio) que llevaba poco tiempo abierta y que había que conocer sí o sí. Se había ocupado de reservar mesa él y pasaría a recogerme con tiempo para tomar antes algo, tranquilos. También aquello me gustaba, tenía iniciativa y a mí me gusta que me den las cosas hechas.
Allí estaba esperándome fuera del coche cuando salí. Se había puesto una camiseta que me molaba todo «Fuck it, let´s go to New York», decía. ¿Por qué no?, pensé. Hasta con eso me hubiera atrevido aquella vez.
De camino Jimi Hendrix puso el ambiente prometedor y el tráfico nos dejó sin tiempo para ese primer trago que visto con perspectiva, tan bien me hubiese venido.
Llegamos puntuales a la reserva y nos sentaron en una mesa discreta, apartada, romántica, perfecta. «Estás muy guapa», me dijo. «Tú tampoco estás mal», le sonreí de vuelta. Pidió él por los dos y ocupamos la espera con las banalidades precisas para ponernos al día sin comprometernos demasiado pero dejando claro que estábamos dispuestos a conocernos. Eso pensé yo.
Llegaron las hamburguesas (¡pintaza!) y yo me puse a ello pero él se aclaró la voz: «Mira, he estado pensando una cosa. Es que yo en realidad lo que quiero es formar una familia. Tener hijos, seguro. Quiero ser padre seguro. Así que creo que debo de buscar a una tía más joven que tú. Tú me molas y eso. Me lo paso guay contigo y tal, pero quiero tener hijos. Seguro. Tú ya tienes uno, claro. Y además aunque quisieras más yo creo que tu útero está ya muy viejo.»
Para cuando terminó yo ya estaba con las patatas (soy de las que las dejo para el final, las patatas) y no dije nada, creo que asentí un par de veces mientras me hablaba (coño, ¡qué buena estaba aquella hamburguesa!) y después le observé comerse la suya en silencio.
No nos dijimos mucho más y se ofreció a llevarme a casa de vuelta. Aparcó como siempre en la entrada y después de un silencio incómodo me preguntó: «¿Puedo pasar la noche contigo?» Mirada perpleja como respuesta. Pero se atrevió a más: «Nos hemos precipitado los dos un poco, con lo que nos dijimos en la cena.»