La última primera cita
Gonzalo Cutillas Crespo | Gonzalo Bolkonsky

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Me he despertado tarde, sin alarma. No quería madrugar y que me invadieran los pensamientos negativos habituales de la mañana. Hoy tengo la que espero sea mi última primera cita.



Desde que los ojos oceánicos de mi abuelo nos presentaron cuando yo era apenas un niño, no he podido deshacerme de la idea de conocerla. Es cierto que ha habido instantes en los que la he podido alejar de mi cabeza: conversaciones con amigos animadas por el alcohol, hundiendo todos mis sentidos en el fragor de la música o sumiéndome en otros cuerpos por los que profesaba ardiente adoración. Pero siempre volvía a aparecer y me reclamaba para sí: cuándo trataba de ahogar mis pensamientos con la mirada pérdida en el cuadro marítimo de la ventanilla del coche, cuándo la vida me obligaba a acercarme a su principal lugar de trabajo de asépticas camillas y paredes blancas, o cuándo una sonrisa provocaba la aparición de pliegues en el rostro que manifestaban el paso del tiempo en personas que creía ideas inmutables.



Ahora estoy frente al espejo del baño mirando detenidamente estas mismas incipientes arrugas, pero ya no son motivo de sensación de náusea. Si todo sale como he planeado, ya nada importará porque estaré a su lado: justo ella tiene la solución para frenar las consecuencias del inexorable avance de las agujas del reloj y de sus inseguridades causadas. Me lavo la cara con agua fría, me peino con mimo y me dispongo a vestirme.



Mi madre la odia. Desde que supo de mi interés infantil transformado en la actual obsesión adulta, ha tenido miedo de que triunfe nuestra relación. Lo siento por ella, es la única que me ha hecho dudar de tener el definitivo encuentro para evitar su dolor. Es por eso que prefiero contárselo antes de que se entere de otra manera: envío el mensaje de despedida que ya tenía redactado y pongo el móvil en modo avión para que no trate de cambiar la decisión ya tomada.



Había reflexionado mucho sobre dónde tener la cita y, de entre todas las opciones que otros eligieron, he preferido que venga a mi casa. Es en la comodidad de la soledad de mi hogar donde quiero arrojarme a sus brazos y quedarme dormido. Sé que ella me va a aportar la calma que nada y nadie ha podido.



Ya es la hora y ella nunca falla. El último retoque. Debo estar elegante para este momento. Me ato la corbata al cuello. Siento cómo me empieza a faltar el aire. Cómo veo borroso. Creo que vislumbro una luz al final del oscuro pasillo.



Tocan a la puerta. Voy rápidamente a su encuentro. Mi primera y última cita con mi gran obsesión: Isabel, la ya no tan joven médica estética de mi abuelo de la que siempre he estado enamorado.