LA VACANTE
Aina Meseguer Bofill | Lola San José

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A los 35 años una ya no está para tonterías. Un noviazgo estable de 5 meses con una persona con la que compartes valores y un incipiente proyecto de vida equivale “en años treintañeros” a una relación de un lustro. Por ello, cuando Borja, en la cena del quinto cumplemés, me propuso mudarme a su pisito de la Glorieta de Bilbao fue, para los dos, el paso más natural del mundo.



Y ahí viene la letra pequeña: Borja también sugirió, como quien no quiere la cosa, que el día siguiente almorzásemos con su madre y así nos conocíamos. “¡Otro gran hito en la relación!” pensé yo, que nunca había vivido en pareja ni me habían presentado a suegra alguna. Intenté recopilar todos los pedacitos de información que Borja me había ido dando sobre su madre para hacerme una composición de sus gustos, temas de conversación… Sabía que era “gata” de Madrid, católica practicante, muy coqueta y que tendríamos pocos puntos en común -siendo yo, Meritxell Boada, menorquina de adopción, hija de hippies trasnochados y, en definitiva, alma libre. Era por eso y porque quería a Borja con locura, que tenía que prepararme a conciencia.



El día siguiente llegamos puntuales al restaurante, como no podía ser de otra forma. Pero Victoria ya estaba estilosamente sentada en la terraza esperándonos vermut en mano y con una sonrisa de oreja a oreja:



-Hola, ¿qué tal Mary? ¡Soy Victoria, pero llámame Vicky que Victoria me pone años! Por fin nos conocemos…



-Encantada! En realidad mi nombre es Meri, de Meritxell. Pero bueno, la gente suele confundirse…



-Uy Meri, Mary, Mary, Meri… ¡Qué lío! Jajajaja ¿Queréis que pidamos ya? A mí me está subiendo un poco la bebida.



En aquel momento ya no era capaz de discernir si había pasado la prueba del algodón de los primeros 20 segundos donde se forman las buenas o malas impresiones. Pero también dudaba si Victoria había pasado esa misma prueba bajo mi punto de vista.



En cualquier caso, la comida fue muy aclaratoria. Victoria me llamó sistemáticamente Mary y me sometió a un tercer grado mientras aguardaba impertérrita las respuestas con esa misma sonrisa, ahora ya sospechosamente congelada en su cara. Cada vez tenía más pinta de mueca de asco que de muestra de afecto. La comida familiar se convirtió en una entrevista de trabajo y pasé, en un pispás, de futura yerna a candidata a una vacante. Y claramente no estaba a la altura de las expectativas de la entrevistadora.



Al final del encuentro, sólo hubo un momento en el que pude ver como la sonrisa-mueca de Victoria se desvanecía y fue cuando yo, Meri-Mary, agarré del brazo a Borja, apoyé la cabeza en su hombro y me despedí de ella diciendo:



-Ay Vicky, qué bien que hayamos hecho buenas migas porque intuyo que nos vamos a ver muuuy a menudo a partir de ahora…Es más, yo creo que podría empezar a llamarte “suegra” en vez de Vicky… Más fácil, ¿no?