1492. LA VENGANZA
Elena Sobredo Rodríguez | Elena

En el espeso y frondoso bosque de la Galicia profunda, en un rincón de cuento, hay una pequeña casa con tejado picudo y ventanas azules donde vive una maniática bruja con muy mal genio: Rulina. Nadie se atreve a cruzar el bosque, porque dicen que sabe tantos hechizos que podría convertirte tanto en sapo como en zapato, y por mucho que le ruegues no habrá antídoto, porque solo crea hechizos, no deshazhechizos.

Un caluroso día de primavera cocinó sus deliciosos pasteles de arándanos frescos. Toda la casita y medio kilómetro a la redonda olía a repostería. Todos los seres del bosque querían probarlos, pero Rulina siempre los guarda a buen recaudo, incluso barre corriendo las migas antes de que los cuervos o las hormigas puedan hacerse con una. Esa hornada de pasteles estaba tan deliciosa, que la misma Rulina se levantó sonámbula a terminarse los que quedaban, ¡incluso dormida barrió las migas!

Al día siguiente, sin embargo, ya no olía a pasteles, y a pesar de ser un caluroso día de primavera tronaba dentro de la casita de ventanas azules. Todo estaba empapado, desde la mecedora hasta la cama, porque Rulina se había despertado y había descubierto que los pasteles que le habían sobrado ¡ya no estaban! Enfadada salió de casa a echar pestes por la boca:

—¡Sapos, ranas y carballos! ¡Lechuzas, cuervos y sombreros! ¿Quién se ha comido mis pasteles? ¡Malditos y roñosos seres!

Llena de rabia, Rulina entró en casa, se espantó las nubes tormentosas de la cabeza y preparó el fuego. Justo encima colocó una vieja olla de cobre llena de agua de lluvia. Abrió la alacena y cogió varios frascos, tarros y latas oxidadas. Uno por uno los fue abriendo y con sumo cuidado, como si midiera con los dedos, fue echando una pizca de cada a la caldera. Cogió su larga cuchara de madera y removió con calma mientras pronunciaba un antiguo hechizo vengador: “Brazos T.Rex”. El líquido verdoso y burbujeante expulsó una humareda espesa. Rulina apartó la enorme cuchara y se sentó en la mecedora emitiendo una risa malvada, porque la venganza ya estaba en marcha.

Desde ese día, en el profundo bosque gallego, hay una bruja gruñona con brazos minúsculos que se pasa los días tratando de inventar un deshazhechizo vengador.