LA VERDAD SOBRE EL AMOR
ANITA MARÍN MARÍ | AMARTEIN

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Cerré la puerta de una manera que, desde la perspectiva de alguien que no acababa de vivir lo mismo que yo, podría parecer demasiado dramática. Pero esa era la única justificación, que no habían sentido que se rompían a trozos hacía menos de media hora, como yo.

—¿Todo bien por el fondo norte?

Escuché la voz de mi hermana, de esa persona que era tan sabia como insoportable en momentos como este.

—¡Perfectamente! —me imagino que la ironía en mi voz chocó contra las paredes tan fuerte que provocó ver como la cabeza de Alma asomaba por la esquina de la cocina. Caminé hacia mi habitación con sus pasos tras de mí.

—¿Qué ha pasado?

—Que me han roto el corazón, eso ha pasado. —Mi cama recibió todo el peso sin previo aviso y ahogué mis penas sobre la almohada. —La primera persona que no me haga daño será el amor de mi vida, lo tengo claro después de esto.

—Entonces nunca podrás llamar así a nadie.

—¿Por qué eres así? —la miré intentando descifrar la razón de la crueldad en sus palabras. —Me merezco que alguien me quiera bien.

—Por eso mismo. No puedes pretender que te quieran bien sin hacerte daño nunca. —Alma suspiró antes de continuar. —En el momento que dejas que alguien te conozca, te quiera, te cuide, estás dejando que una parte de ti sea frágil ante ese amor. El dolor va de la mano con querer.

No sabía qué responderle. Era la primera vez que me rompían de aquella manera el corazón. La primera vez que me sentía devastada, engañada por el concepto de amor. De verdad que sus palabras me dejaron sin nada que aportar. No podía ser que algo tan bonito como el amor fuera de la mano con algo tan horrible como el dolor. Que alguien que te hiciera sentir una cosa pudiera hacerte sentir otra al mismo tiempo.

Entonces me di cuenta y analicé, inconscientemente, las palabras de Alma.

—Supongo que esa vulnerabilidad al amar hace que duelan cosas inesperadas. —musité.

—Dejamos una puerta abierta al amor. Pero también al dolor. Y las primeras veces siempre son las peores.

—¿Eso quiere decir que incluso el amor de tu vida te puede dañar? —Un suspiro salió de mi boca en forma de decepción. —No me parece justo para nada.

—Como dice mamá, la vida nunca es justa para nadie. —Se encogió de hombros mientras se levantaba para irse, por fin. —Pero pienso que si alguien es el amor de tu vida, entonces encontrará la manera de que el dolor que pueda surgir se amaine con un amor sano y bonito.

Ahí residía la diferencia entre un amor pasajero y uno que perduraría en el tiempo. Ahí residía la diferencia entre la primera vez que te rompen el corazón y la primera vez que alguien te lo cuida para no hacerlo.