124. LA VERDAD SOBRE LAS PALABRAS
Miguel Angel Jimenez Jara | Lázaro

‘- ¡Aristóteles tenemos un problema, es urgente, tienes que venir! – dijo con Teofrasto con urgencia, a la vez que interrumpía la clase que Aristóteles estaba impartiendo.

– ¡Alejandro! Sal a la pizarra y vigila la clase mientras salgo un momento- dijo Aristóteles mientras se dirigía a la puerta.

– ¿Qué pasa Teofrasto, no puedes estar interrumpiéndome todo el rato, Alejandro tiene que ser Magno y a este paso no va a llegar a Minimum.

– A ver, ¿te acuerdas del proyecto de poner nombre a las cosas? Se está complicando.

– Creí que ya habías zanjado ese tema, a la naranja la llamamos naranja al igual que al color naranja, que por algo le pusimos ese nombre Teofrasto, ¡espabila eh!

– Si, si, si. Eso nos quedo claro. Pero, ahora nos ha surgido otra duda. El otro día llegó a mis oídos que Helena, la de Troya, había llamado cielo, a modo cariñoso, – dijo Teofrasto entrecomillando con los dedos – a Paris, el que la raptó. Y claro, nosotros ya habíamos puesto cielo al suelo de los dioses yyy… estamos perdidos.

– Como que a modo cariñoso – dijo Aristóteles imitando el mismo gesto – pero, no habíamos acordado lo del suelo. Si me molesté en escribir 1.000 pergaminos para que llegara el comunicado de la adjudicación del suelo de los dioses a la palabra cielo.

– Debe ser que el mensajero no ha llegado todavía.

– No me jodas Teofrasto que Filípides recorrió 42 kilómetros desde Maratón hasta Atenas solo para decir que habíamos ganado una batallita, ha tenido que llegar ya.

– Ah… acabo de pillar lo del Maratón de las Olimpiadas, ¿es por él?

– Joder Teofrasto, ¡claro! A ver por qué si no. No me cambies de tema. Lo del cielo. Necesito saber si esos pergaminos han llegado ya a Troya o no y si no que manden a alguien ya para solucionarlo. Cielo no puede ser un mensaje ca-ri-ño-so – dijo Aristóteles imitando a un niño pequeño cuando se burla de algo -, es el suelo de los dioses como dijimos. ¿Alguna cosa más?

– No – dijo Teofrasto mientras terminaba de cincelar las órdenes de Aristóteles en su tablilla portatil. Bueno si espera. Qué quieres de postre para la comida, que antes no hemos acordado el almuerzo.

– Hoy me apetece macedonia.

– Vale, ma-ce-do-nia – cinceló Teofrasto.

– ¿De qué me suena ese nombre? – Pensó para sí Aristóteles.