1396. LA VIDA BASSET
Leticia María Ortiz Marín | LORMA

Ser un perro no resulta nada fácil, y ser un perro resultón, menos todavía.
Mis dueños tuvieron la gracia de ponerme por nombre Godofredo. No soy un perro común, no me caracterizo por mi altura, ni por mis fuertes patas, ni por mis agudas orejas, ni por ser especialmente ágil más bien se destaca de mí un dorso con forma de autobús, unas patas muy cortas que a duras penas aguantan mis treinta kilos, mi cara de pena perenne, mis orejas kilométricas, y para qué engañarnos, mi torpeza al andar. El mundo me ha hecho así y tengo que afrontarlo. ¿Quién me iba a decir a mí que mi máxima aspiración en la vida sería oler traseros para conocer a mis congéneres?
Cuando mis dueños me llevaron a mi nuevo hogar no entendí casi nada. No distinguía muy bien por qué sí podía comerme el pienso que me daban y no esos objetos al que los humanos llaman calcetines, así que me los comía. Tampoco sabía por qué se enfadaban conmigo al hacerme pis en el salón si ellos lo hacían en la habitación contigua, ni por qué no me dejaban mordisquear cosas ni dormir encima de ellos. Mucho menos, por qué me llevaban cada cierto tiempo a visitar a un señor con una bata blanca que me pinchaba con algo punzante en el lomo. Mis padres adoptivos, tenían la extraña manía de colocarme telas encima y enfocarme con algo a lo que le llamaban cámara.
− ¡Mira la sábana que he recortado para Godo! ¡Es Halloween!–vociferó alegremente mi dueña.
− ¿En serio vas a ponerle ese ridículo atuendo al perro? Pero si es una chapuza…
− ¡Está claro que parece un fantasma! –espetó.

Y allí estaba yo, con una sábana que tenía dos agujeros cortados a la altura de las orejas las cuales colgaban por fuera de la misma, dos agujeros para mis ojos que asomaban levemente tras las sábana y un agujero para el hocico que también sobresalía. Me sacaron así a la calle y todo el que me veía empezaba a reír a carcajadas y a sacar la famosa cámara para enfocarse a mi lado. Al pasar por un portal me miré en el reflejo de una puerta de cristal y al verme sólo orejas y hocico sentí por primera vez el significado del ridículo.
Conforme el tiempo pasaba también experimenté cambios en mi cuerpo. Distinguí que yo nací siendo macho y que necesitaba a mi lado una hembra. Cada vez que salía a la calle y le olía el trasero a alguna, huía de mí. Creí que el problema era que mi altura no me ayudaba, dea hí mi nombre “basset hound” (sabueso bajo). Más tarde comprendí que el problema no era mío, sino que en cualquier especie animal o humana el macho lo tiene chungo para ligar, ley de vida, así que me seguí conformando con oler traseros hasta que mis dueños decidiesen emparejarme con alguien a mi medida.