123. LA VIDA ES ASÍ
JOSÉ MANUEL TITOS GALIÁN | JOMATIGA

Concluí que algo iba mal cuando lo vi, con la cara desencajada y un rollo de cinta americana entre sus dientes, descolgándose por la pared medianera hasta llegar a mi ventana y, con una sábana sucia que llevaba liada al cuello, tratar de taparla. Decidí largarme de aquel piso zumbando. Porque el tipo con el que lo compartía estaba zumbado. Definitivamente.
Antes, cuando desde el balcón tiraba a los viandantes rodajas de chóped para luego bajar a recogerlas, aún tenía mis dudas. Igual que cuando insistía en ser un agente infiltrado del CNI……
Me largué –digo- y por mediación de un reponedor del Lidl supe que su cuñada alquilaba una habitación.Suficiente, pensé, para salir del paso.
Cargando con mis escasos bártulos hice acto de presencia en el piso a la hora convenida.Y todo fueron facilidades: la puerta estaba abierta y un señor en calzoncillos me daba la bienvenida con genuflexiones gratuitas y síntomas inequívocos de embriaguez superlativa.
Torpeando, me acompañó hasta la habitación ofertada y, al abrir la puerta, se quedó atrapado entre ésta y la cama; tales eran las dimensiones liliputienses de la alcoba en la que no llegué ni a entrar. Salí a escape de allí y una salva de regüeldos me despidieron.
Frustrado, encabronado y resentido, decidí sin mucho pensarlo regresar a mi domicilio, el cual distaba unos 200 Kms.Cargué de cualquier manera el equipaje y la utilería doméstica y,una vez más, salí zumbando.
Era de noche cuando llegué y, al abrir el maletero, descubrí que la garrafa de 10 litros de aceite…, ¡se había destapado!
¡Horror!. Toda mi guardarropía, mis zapatos, mis enseres… estaban grasientos y chorreantes de oro líquido virgen.
Al entrar en casa un olor pestilente hizo que olvidara mi abatimiento.
Dormí poco y mal.
Me levanté y rebusqué entre los cajones y armarios alguna ropa que ponerme para la entrevista que tendría lugar esa misma mañana a… ¡200 Kms de distancia! y solo encontré atuendos de albañil, desgastados, una gorra y un par de botas de mi trabajo anterior. Ataviado de obrero salí, sin más en el estómago que el recuerdo del último café con leche de la víspera.
¡Joder!, mascullé, al descubrir en el parabrisas el papelito de la multa que me endilgaron por dejar el coche en zona prohibida……
Llegué, con apuros, a la puerta del hotel dónde tendría lugar la entrevista y descubrí que una de las botas tenía la suela abierta. Pensé que, por ser sábado, habría un mercadillo y podría hacerme con otro par a estrenar. Pregunté a quien pasaba. Sí, me dijeron, al otro lado del pueblo hay uno. Corriendo y sudando llegué desfallecido, y de pronto, la sorpresa.., ¡Era un mercadillo de antigüedades!
Irrumpí en un chino y busqué zapatillas: no había de mi número. Acabé comprando unas chanclas de playa.
En la entrevista no logré pasar de los buenos días. Me dieron boleto y con razón: el puesto era para recepcionista y yo no hablo inglés. C’est la vie.