1455. LA VISITA DE CHICOTE
Juan Carlos Rubio Labrador | Rubiojuclar

LA VISITA DE CHICOTE

Acababa de acordarme que llevaba un tiempo sin limpiar la cocina. En cuanto hube sido consciente de tal circunstancia, me incorporé y resuelto me dirigí a ella y penetré veloz por la derecha como si de un bólido se tratara.
Había llegado con la inquietante idea en la cabeza de que en cualquier momento podría venir a mi casa el chef Chicote a lanzarme improperios, y yo ya no estoy para broncas. Seguro que me diría cosas como “en esta encimera hay más grasa que en todas las bicis de un pelotón ”, o “ en los rincones, más cucarachas que en el sótano de Torrente”.
Bien es verdad que más probable es que dijese, simplemente: “Esto es, en dos palabras: una mierda”.

No es que el hecho de que el señor Chicote viniese a mi casa y que realmente apareciese clavado bajo el dintel de mi puerta, fuese ciertamente probable; siendo todo ello, por contra y más bien, harto improbable. Pero quién sabe si debido a cualquier extraño algoritmo, las probabilidades llevasen a que todo ello se convirtiera en algo real y, por ende, este señor tan escrupuloso de la limpieza, como debe ser, me hiciese disfrutar de su severísima presencia. Y para ello, se debe estar preparado.

Y es así, como pertrechado de estropajo, escoba, fregona, kachesiete y todos los elementos que bien pudieran ayudarme en ese urgente quehacer de la limpieza cocineril, me dispuse a presentar batalla a todo tipo de bicho, sea cucaracha, piojo, ácaro o bacteria que se me pusiera por delante.
Al cabo de una hora, hube dejado la cocina como los chorros del oro.

Me senté un rato a descansar y pasado un tiempo, alguien llamó al timbre. Me aproximé a abrirle y me encontré bajo ese mismo dintel de mi puerta, a un señor algo orondo, con una camisa de colores llamativos y con cara siempre de arrear como un comandante de caballería.
Se trataba de Pascasio, un pariente político lejano mío.
Me pidió, dirigiéndose a la cocina, que le sirviera un vaso de agua.
Mientras se vertía un bochinche garganta abajo, se quedó mirando a la pared y me dijo:
—Parece que se ve una mancha ahí.
—Dónde?
—Ahí.
—Dónde?
—Ahí…junto a eso.
—Qué eso?
—Eso que está al lado de eso otro.
—Pues no lo veo.
—Pues ponte las gafas.
Le hice caso y sin que sirviese de precedente me puse unas gafas y después de escrutar bien la pared de azulejos, que no son azules, sino de un blanco reluciente y liso como una patena, pude avistar casi inapreciablemente una leve huella ocre que apenas podía llegar a la categoría de micromanchita.
Si lo sé, le digo a mi lejana prima, la Romu, en su día, que no se casara con él, y ahora, todos sus allegados, políticos o no, estaríamos libres de él y su impertinencia.