1080. LA WINDSURFISTA
Sandra Beamud Rodríguez | Alhena

El jefe de la unidad les dio una charla sobre las recientes denuncias sobre los buceadores ilegales que capturaban marisco de concha en el dique sur.

Al parecer era tal el nivel de pillaje que con sus operaciones de extraer el preciado alimento, con el uso de martillos y afilados cuchillos, que algunas partes del valioso malecón podrían derrumbarse en pocos meses.

O sea, se las veían no sólo con un delito de uso indebido de las botellas de aire para pesca y otro por la pesca ilegal sino con uno más grave por la peligrosa demolición de un bien imprescindible para el pueblo.

Así que repartió efectivos para que se prendiera a los furtivos con las manos en la masa, esto es, cuando arribaban a las playas cercanas, cargados de marisco, y lo depositaban en un medio de transporte.

Ya en la playa más cercana al espigón dos guardias observaban el trasiego de turistas, nadadores ocasionales, tomadores de sol profesionales y practicantes de deportes náuticos.
Entre estos últimos destacaba, sin duda, una joven rubia, a lomos de una tabla paddle surf.
La manejaba con soltura y recorría una franja del costado derecho de la playa. Ambos agentes apenas apartaban la vista de la escultórica belleza pues, además, Lucía un minúsculo bikini.
Mientras tanto, en el costado izquierdo, el más cercano al dique, un joven fornido salía del agua portando una voluminosa bolsa. Recorrió la franja de arena hasta el aparcamiento y la depositó en una furgoneta que partió nada más recibir la carga.

La pareja de guardias terminó el turno y pasó un informe negativo de la presencia de buceadores ilegales. Así durante varios días. Entonces el responsable de la base de vigilancia cambio de estrategia y envió una pareja mixta.

Durante las primeras horas de la mañana, casi las mismas escenas de cada día. La joven que cabalgaba las olas a golpe de pala, había cambiado su aparato náutico usual por una tabla de windsurf, pues se había levantado un viento de fuerza cinco. El policía no le quitaba ojo a ninguna de sus piruetas.

Mientras, la agente observó con cierta admiración a un musculoso joven que salía del agua con una abultada bolsa mientras dejaba un flotador y algunos enseres en orilla. Pero no se dejó sobornar por su perfil griego. En pocos minutos fue detenido por la acción de la pareja de efectivos, guiados por la avispada guardia.

Días después se supo que el buzo y la surfista eran novios.