LÁGRIMAS DE CHOCOLATE
JOSÉ IGNACIO TAMAYO PÉREZ | Stevan Dohanos

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Ezequiel era el chico más guapo del colegio. Tenía una onda muy graciosa que le caía sobre el lado izquierdo, y hacía que continuamente estuviera sacudiendo la cabeza para que no le tapara el ojo. Un día, mi amiga Marta me entregó en el recreo un papelito doblado en el que me pedía una cita. Y, para prepararla, con el argumento de que venía el verano y que tenía vestidos que se me habían quedado pequeños, convencí a mi madre para que me comprara uno blanco con florecillas malva. Y, de paso, un sostén. Con copa, que me hacía más mujer.

El día señalado, el de mi primera primera cita, me pasé la mañana alisándome el pelo hasta conseguir una melena suelta preciosa. Le esperé en el parque casi tres cuartos de hora. Los quince minutos que yo me adelanté, y todo lo que él se retrasó. Cuando apareció, fui yo quien se acercó.

—Hola, soy Aurora.

Me miró de arriba abajo. Analizándome como si fuese el dependiente de una tienda de ropa.

—Hola, puedes llamarme Cequi —respondió.

Pensé que se avergonzaba de su nombre, y de Ezequiel, Cequi.

—¿No te gustan los nombres de la Biblia? —pregunté con la intención de solidarizarme de inmediato con su respuesta.

Abrió los ojos, y me miró con cara de no entender.

Enseguida, nos sentamos en uno de los bancos. Cuando se me fueron un poco los nervios, dije:

—Qué calor hace, ¿no? Es como si estuviéramos en el desierto del Sáhara.

—¿El desierto de dónde? —respondió con los mismos ojos abiertos de antes.

Ezequiel, puedesllamarmeCequi, sacudía rítmicamente la cabeza para apartarse la onda que le caía encima del ojo. Lo alternaba con un pequeño resoplido hacia arriba que tenía el mismo efecto. Para hacerlo tenía que poner los labios en una posición extraña. No era fácil, y menos impulsar el aire con tanta fuerza. Al cabo de unos minutos sin hablar, se me ocurrió proponerle.

—¿Quieres un helado?

—Bueno —dijo—. De chocolate.

Me pareció un sabor muy infantil. Justo en ese momento el semáforo se puso verde, y crucé a la heladería, al otro lado de la calle. Pedí un cono de vainilla y otro de chocolate. Coloqué los helados en las espirales que había en el mostrador, y pagué. Al salir, el semáforo acababa de ponerse rojo para los peatones, y una riada de coches empezó a circular por la avenida. Aquel era un semáforo eterno. Lamí los bordes de mi cono de vainilla que empezaba a derretirse, pero no pude evitar que unas lágrimas de chocolate empezaran a resbalar por mi brazo. Un goterón rebelde terminó cayendo en mi precioso vestido blanco. Cuando crucé, lo hice pensando en si las manchas de chocolate se quitaban, y, que si ni la Biblia, ni el Sahara servían, ¿de qué íbamos a hablar Cequi y yo? Así que decidí que nos comeríamos el helado juntos, y que pretextaría cualquier cosa para irme cuanto antes a casa.