538. LALITOS
Efraim Centeno Hernáez | Jacobo Calleja

Conduje con ansiedad por la comarcal trescientos trece, y llegué al almacén de ajos abandonado donde me había citado con el tal Albacete. Solo, en mitad de la noche, esperando temeroso la mercancía en aquella nave apestosa y siniestra, me percaté de que el asunto de los Lalitos había llegado demasiado lejos.
Me llamo Sebastián Aboñigal, catedrático emérito de literatura extranjera. Un apellido espantoso, pero falso: no soportaría la ignominia de ser identificado. Tampoco nombraré mi universidad. Es una pública, pero buena. Espero que narrarles mi infamia, alivie la vergüenza que devora mis entrañas.
Un domingo funesto, regresando de un periplo por la meseta, conocí los Lalitos. Los adquirió Puri, mi mujer, en un área de servicio mientras yo miccionaba estratégicamente, sin ganas, siguiendo las pautas del Doctor Pisuerga, el famoso urólogo. Al día siguiente, desayunando en casa, al degustar uno de aquellos dulces relucientes, un agradable cosquilleo serpenteó sobre mi espina dorsal. Jamás había sentido nada semejante.
—Bueno, se pueden comer —disimulé a duras penas. Me resultaba muy embarazoso mostrar impúdicamente delante de mi esposa el tremendísimo placer que me estaba produciendo aquel pastelillo.
Lalitos. Dulzor de mi vida, pasión de mi alma. Mi cielo y mi condena. Echo la lengua hacia atrás y tres capas de hojaldre mantecoso empapado en miel entran, resbalando sobre mis labios, hasta que los dientes capturan lentamente un delicioso bocado. Y entonces, al masticar, me recorren tiernos escalofríos, mi corazón se desboca y siento que cabalgo entre campos de almíbar dorado.
Devoré aquella primera caja en apenas dos días. Al principio fueron huéspedes amistosos, pero los Lalitos pronto se tornaron amos despiadados. Conseguí otras dos docenas y desatendiendo las protestas de mi familia, las consumí sin mesura. El siguiente domingo cayó otra caja, y luego la siguieron otras más. Dos semanas después, alquilé este apartamento, donde oculto mi provisión clandestina de Lalitos. ¡Ay!, Lalitos, mi boca se humedece al paladear esas tres silabas divinas. Vengo a mi escondite cada vez más a menudo, y me abandono a esta sublime tentación melosa. Meriendo o receno, escuchando el fútbol en una radio a pilas coreana.
¡Por Dios! ¿Me habré convertido en una rata mugrienta? Maldigo la hora aciaga en que algún execrable repostero ingenió estos cuadradillos ponzoñosos. Y maldigo, pese a mi educación intachable, a las religiosas cartujas que los elaboran en ese miserable conventillo, románico tardío, a las afueras de Caramuel.
Mi amarga y dulce pena dura ya nueve largos meses. Tengo que salir de este pozo inmundo. El Doctor Reduelo, reputado sicoterapeuta local, insiste en que hable con mi señora, que le exprese mis sentimientos… Y aquí estoy ahora, después de la terapia, en el apartamentito, al borde del divorcio, con algún kilo de más y diabetes incipiente. Me he atiborrado de Lalitos, pensando que eso me infundiría valor para confesar hoy mismo. Pero otra vez, he caído en su fatídico hechizo, ámbar y dulzón. Con los dedos pringosos, tecleo un mensaje para Albacete. “Quiero más. Prepárame cien cajas”.