71. LAS BRAGAS DE MI SALVACIÓN
Beatriz Arboleya Andrés | La profe de francés

Es la hora. Me voy a clase. Me visto. Me peino. Me cepillo los dientes. Pintalabios a juego y salgo pitando. Hoy voy con algo de retraso.Tengo que llegar puntual. Hay que dar ejemplo. Esta es mi rutina, la de todos los días. Siempre arreglada. Como dicen los franceses “comme il faut”. O lo que es lo mismo, impecable.

Me encanta que mis alumnos me vean de esa manera. Y yo me regodeo sabiendo que tengo una veintena de ojos observando cómo hablo y cómo explico, paseándome por los pasillos que ellos mismos me han hecho con sus mesas. ¿Es cuestión de edad? No creo. Siempre fui así. Coqueta, presumida y con la intención de estar siempre preparada para mis clases y para ellos. Siempre con la sonrisa en la boca, paciente, y sobre todo con mucho entusiasmo. ¡Y que se me noten los años lo menos posible!

Cuatro menos un minuto. Entro en clase como todas las tardes. «Bonjour tout le monde! Comment allez-vous?» Gran despliegue de energía y simpatía y, ¿por qué no decirlo?, demostrando el dominio de la materia. Mis alumnos me admiran y yo a ellos también. Transcurre la clase con fluidez a pesar de no ser fácil en un horario en el que compite echar una cabezadita en el sillón. Pero aquí estamos todos, atendiendo e implicándonos hasta más allá de los sueños.

Una hora y media por delante. Calefacción. Sudores. Humanidad. Poco a poco siento como debajo de mi mascarilla el moquillo se empieza a deslizar. No veo el momento de levantarla y de limpiar mi nariz que desprende el vapor de mi calor humano. Radiadores y explicaciones complejas sobre la conjugación del verbo ser. ¡Vaya combinación! Se me va pegando la mascarilla y dibujando un rostro de ánima bendita a través. La situación se complica y mi glamour corre el riesgo de desaparecer de un momento a otro. Busco en los bolsillos de mi pantalón. Palpo una tela suave. La asomo. ¡Un pañuelo! Lo saco sin pensarlo más. La situación apremia. Qué grande y ¿negro?. Allá que voy. Me bajo la mascarilla con disimulo y me seco el moquillo. La risa conjunta es descomunal en el aula cuando me doy cuenta de que de mi nariz cuelga una braga negra de puntillas. Siempre se ha dicho que las prisas no son buenas. Al salir de casa corriendo cambié el cubo de la ropa sucia por el bolsillo de mi vaquero y esta me acompañó durante todo el camino calladita, sin mostrarse, sin decir ni mu. ¡Olé por mi braga! El pañuelo y la alegría y bromas de la tarde.