1088. LAS CAMPANAS
YOLANDA ANDRÉS GÓMEZ | Soniyo

Fue uno de esos fines de semana destinado a inmortalizar rincones y opté por un lugar tranquilo con una bonita vista al convento vecino.
Me llevé una grata sorpresa al abrir la puerta de la habitación. Era amplia y muy luminosa. En frente, un sobrio edificio guardaba el aroma del pasado y tañía sus campanas llamando a los fieles a orar. Sonreí y tomé las primeras fotos.
Aproveché una rápida salida antes de que oscureciera, aún era febrero y aunque el sol había bañado el día, el frío invernal ya se notaba a media tarde. Entré en una afamada pastelería, pedí un café para llevar y un exquisito pastel para acompañarlo. Decidí tomarlo en la habitación y hacer uso de tan inusuales caprichos frente al ventanal que me ofrecía la quietud monacal de mis vecinas.
Revisé con detenimiento las fotografías y fui sumiéndome en un agradable sopor ensoñando el frufrú de los toscos paños al caminar por el claustro.
Al rato, sentí gotear los grifos de la habitación de al lado. Después una cisterna, después otra vez los grifos. Las cañerías parecían cobrar vida. Hasta me pareció que articulaban palabras en latín y me susurraban al oído. Un olor fétido comenzó a invadir mi sueño. Ese olor que se acentúa en la oscuridad cuando se agudizan los sentidos. Finalmente me dormí con la sensación de estar pernoctando cerca de una cloaca o de una ciénaga.
En la madrugada me despertó el sonido de unos pequeños golpes en la puerta. Escuché el silencio de nuevo interrumpido por una acompasada secuencia de cinco golpes que sentí ya muy cercanos. Silencio. Escuché de nuevo. Encendí la luz y esperé. Los golpes se sucedieron cada vez más fuertes y con más frecuencia. No era en mi puerta. Me contuve, aún era noche cerrada. Los golpes ya no cesaron y salté de la cama. Abrí la puerta y en la de enfrente un hombre se quedó muy quieto y con la cabeza mirando al suelo.
-No son horas de semejante escándalo. –Le recriminé.
-Soy sonámbulo y he salido al pasillo. –Acertó a decirme turbado.
-Pues baje a recepción a que le abran. –Concluí cerrando la puerta muy indignada.
Regresé a la cama que se había quedado fría con la excursión al pasillo. Al poco tiempo sentí el ascensor y que una puerta se abría y se cerraba. Mi irritación se había acostumbrado a la pestilencia que ya me era imperceptible. Regresé a mis sueños alterados por un breve espacio de tiempo. Sentí una campana, otra y después una más. Se reanudaron obedientes y disciplinadas por largos minutos. Recordé lo encantador que me pareció estar al lado de un convento. Las primeras luces asomaban entre las cortinas. Me desvelé.
Quizás si me apresuraba aún podría asistir. Llegué a tiempo. Solas las monjas y yo. En el Altar el huésped al que envié a recepción descalzo y en pijama iniciaba el oficio.