LAS COSAS NO SE FUERZAN
Jimena Domínguez Garayzábal | Dgarayz

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Me gustó la manera en la que me habló por primera vez, por audio, me gustó su voz, era agradable, y todo lo que decía sonaba sincero. También su tranquilidad cuando le vi esperando en la salida de metro de Callao a finales de noviembre. Me lo esperaba más alto. Me hacía gracia saber que, al igual que yo, él también tenía una idea de mí, y era todo un juego mental tratar de adivinar qué era lo que le podía estar sorprendiendo a medida que nos íbamos abriendo el uno al otro.



Parecía el típico tío bromista, el caballero que te deja su abrigo y se va de allí satisfecho por haber realizado tal gesto. Pero no, a él se le veía atento e interesado, me dio la sensación de que le gustaba todo lo que le contaba y eso me hacía sentir cómoda.



Sentados en la primera cafetería decente que encontramos tras un paseo inesperado, hablé de tantas cosas con él que sin darnos cuenta ni se nos pasó por alto el tema por el que realmente habíamos empezado a hablar, la música. Aunque siendo algo irónico, creo que fue justamente la primera conexión que tuve con él. Una adicta a conocer y otro adicto a crear.



Recuerdo con gracia de aquella tarde su intento fallido de arreglarse el pelo de manera discreta cuando pasamos al lado de un escaparate que reflejaba nuestra imagen.



La verdad es que me gustaba su caminar a mi lado, se le veía seguro de sí mismo, una mirada curiosa, juguetona, y una sonrisa pilla que no se molestaba en esconder. Fue en ese momento cuando me dijo por primera vez que las cosas no había que forzarlas, y quién me lo diría en aquel entonces, pero ahora entiendo la gran importancia de aquellas insignificantes palabras.



Me gustaba aquel chico, me hacía reír. Sentí que se parecía a muchas de las cosas que llevaba tiempo buscando y había perdido la esperanza de encontrar.



Recuerdo la manera en la que se despidió de mí, probablemente con un “pues nada oye, me has caído bastante bien” asintiendo con la cabeza, acompañado de una especie de choque de manos que alargamos lo que pudimos. También la sonrisa que llevaba escondiendo un rato y que decidió salir cuando él ya no podía verme.



Conocía esa sensación, ese vértigo, ese estúpido miedo cuando las cosas salen bien. Sin embargo, lo que no sabía era que la historia de aquel chico rubio de ojos claros que me esperaba esa tarde en el bullicio de Gran Vía, era solo el prólogo de todo lo que estaba por venir. Que aquella primera cita sería el desencadenante de todas as primeras veces que estábamos a punto de empezar a compartir.