612. LAS COSAS QUE (NO) ME ENSEÑARON LAS MONJAS
CECILIA DENGRA ÁLVAREZ | CECI DENGRA

Marzo, 2022. Hace 12 años que acabé el colegio. Prácticamente una abuela. Yo no fui de esos niños que, con suerte, van cambiando de colegio, con nuevos amigos y nuevos profes, yo siempre fui al mismo, con su mismo campo de fútbol de arena (sí, has leído bien), mismos compañeros y, por supuesto, mismas monjas. Cómo me adoraban. O no.
En 2006 (década bonita, estética, ojalá no vuelva jamás), Sor Ana me abrió un expediente (gravísimo antecedente para una niña buena como yo) por llevar flequillo al lado, de pija, y no recogérmelo con una horquilla. Señora, que si llevo flequillo no es por capricho, le habría dicho yo, o es que usted no ha visto el tamaño de mi frente. Pero llevar flequillo parecía ser, para Sor Ana, un macabro acto de rebeldía contra Nuestro Señor Jesucristo quien, estoy segura, habría premiado con algún milagro mi acto de valentía al salir a la calle con semejante aspecto. Pero había monjas más benevolentes. Sor Mariana, la de música, no sufría de temores religiosos, simplemente te golpeaba salvajemente con la batuta en los dedos cuando te confundías de tecla del piano.
También debías tener cuidado si te quedabas a comer en el colegio. Ante todo, porque, no sólo no podías llevar tu propia comida, sino que, cuando se te ocurría decirle a Sor Maite que solo te pusiera poquito de la bazofia habitual, ella entendía, indefectiblemente, que querías el doble. Y cómo ibas a decirle a Sor Maite que no ibas a engullir aquel preparado maligno que llegaba todos los martes en un camión de congelados y que descargaban como si se tratase de material de contrabando. Menos mal que a primera hora de la tarde teníamos Lengua y Sor Blanca, cuya pasión por la asignatura no impedía que se quedara pacífica pero invariablemente dormida siempre que leíamos El Quijote en voz alta, nos permitía echar una leve siesta para digerir la comida.
Definitivamente, lo mejor de mi colegio era la enfermería que, anticipadamente a su tiempo, era totalmente virtual. Si te pasaba algo, Sor Carmela, encargada de la portería, se hacía cargo profesionalmente. ¿Te dolía una muela? Manzanilla. ¿Te habías cortado con un papel? Manzanilla. ¿Te habías roto la pierna jugando al fútbol y tenías el hueso asomando al exterior? Dos manzanillas. Y es que en el recreo podían ocurrir tragedias, pero si te veía Ángela cometiendo una fechoría, soplaba su pito con la intensidad de un ciclón caribeño y te mandaba al BANCO, ominoso lugar donde no se te podía acercar nadie, aislamiento social que, a esa edad y en esa época, eran lo peor que te podía pasar, dejando aparte la doble ración de macarrones del comedor.
Pero, a la que jamás podré olvidar es a Sor Lucía. ¿Imaginas a Anakin convirtiéndose en Darth Vader?, los guionistas debieron inspirarse en ella. Encima, daba Matemáticas y como no llevaras los deberes hechos al día, adiós mundo cruel; en comparación, el banco de aislamiento parecía el chikipark.