1300. LAS CROQUETAS DE LA TÍA
Patricia Collazo González | Lucía Anderson

Cuando a la tía Filomena se le dio por morirse, a los niños nos mandaron a seguir viendo la tele, pero no lo hicimos.
A mi hermana Marita, no le dijimos que estaba muerta, le hicimos creer que estaba dormida. Era la pequeña y lloraba por cualquier tontería.
La tía murió mientras cocinaba sus famosas croquetas. Cayó desparramada con la cuchara de madera en la mano, dejando un reguero de bechamel alrededor. El gato lamió cada gota, mientras los adultos intentaban reanimar a la tía. Pero estaba bien muerta. De ninguna otra manera hubiera dejado de revolver la bechamel.
Mi padre comenzó a caminar por la cocina. Mi madre y el tío Julio se quedaron de rodillas junto al cuerpo redondo. Como esperando que se sentara y dijera que todo había sido una broma. Pero no. La tía estaba más pálida que la bechamel a medio hacer.
Mi mamá repetía: “Nada, se nos ha ido”. Mi tío, en cambio, se llevaba las manos a la cabeza y pronunciaba alternativamente dos frases: “¿Qué haremos ahora?” y “Estamos perdidos”. Seguro que la tía no había dejado escrita la receta de sus croquetas.
Yo tenía edad suficiente como para saber que a la tía se la podía querer. Un poco, sí. Como se quieren las cosas que siempre están ahí, pero tampoco para tanto. Y lo de la receta perdida era una pena, claro. Pero no era tan grave. Por eso sabía que algo más había en esos gestos dramáticos con que todos lamentaban su muerte.
Empecé a entenderlo, cuando la sentaron en su silla y comenzaron a discutir no sé qué de la pensión. Yo no sabía qué era la pensión, pero entendí que sería algo relacionado con el dinero. Ese que escaseaba en casa.
Hablaban de cosas difíciles, de esas que aburren mucho. Por eso los niños nos pusimos a jugar al escondite. Pero sin acercarnos, que verla daba un poco de dolor de tripa. Y por más tía Filomena que fuera, y por más sentada que la tuvieran a la mesa de la cocina, era una muerta de verdad. De esas de cajones y coronas de flores.
A los muertos se los lleva a un lugar donde hay muchos muertos, para que no se sientan solos. Pero no se los ve. Nosotros vamos de vez en cuando a visitar a la abuela. Aunque es muy aburrido, porque la abuela ni aparece ni nada. Estará muy ocupada haciendo sus cosas de muerta.
No había nada que hacer. No se ponían de acuerdo. Papá y el tío seguían discutiendo. Y la tía allí, aguantando el tipo por no darles el disgusto de caerse de la silla.
Al final decidieron que había que ir a buscar al cura, que no había forma de entretener a la tía durante más tiempo sin permitirle terminar de morirse de verdad.
La tía no opinaba, pero sus ojos fijos en la cazuela humeante que nadie había quitado del fuego, lo decían todo.