688. LAS CURVAS
Maria Nieves Domenech Santos | Monchi

Finalizar una larga y tediosa convivencia en pareja, sólo me aportó unos cuantos años y varios kilos de más.
Absorbida por mi trabajo, al final del día estaba exhausta. Así que quise probar una relación por internet. Bastó una buena descripción de mí misma y una foto que disimulara al máximo mi sobrepeso.
Tras varias sugerencias de amistad penosas, apareció alguien interesante.La única pega es que mi apuesto Thierry vivía en Canadá. Me resigné a una relación de amigos más que de pareja, pues saliendo de la pandemia de Covid estaba restringido viajar.
Un viernes, llegué a casa agotada. Me serví una copa de vino y me conecté a la aplicación.Thierry tenía una apariencia más seria de lo normal.
-Quiero explicarte algo importante para nuestra relación-dijo sin acabar la
frase.
Hubo un silencio que me pareció interminable, se me aceleró el pulso, me sudaban las manos y una sensación de calor invadía mi rostro. Thierry dejó caer su gran noticia. En junio vendría a Madrid y quería conocerme. De la alegría inicial pasé, al finalizar la conversación a un “braistorm” sobre mi físico y el exceso de peso. , pensé. Tenía que adelgazar. Apuré la copa de vino y me fui a descansar.
Amaneció un sábado lluvioso, así que revisé mis mejores prendas. No cabía duda de que se habían conjurado para mostrar lo peor de mi silueta.
Consulté con nerviosismo el calendario del móvil, el tiempo corría en mi contra y yo no quería que mi apuesto galán me viera con tal exuberancia corporal.
Me organicé, hice un “check list” de mis necesidades prioritarias, cita con una dietista, acupuntura para aplacar el apetito y, cómo no, un programa de ejercicio físico para tonificar. Fue fácil conseguir mi lista de estrategias pero cuando quise llevarlas a cabo empezaron los contratiempos. Los coletazos del virus habían convertido la actividad de consultas y gimnasios en el metaverso de los cuidados corporales. Las visitas de la dietista eran telemáticas y de escasos minutos, el gimnasio me remitió a una APP y la única atención presencial de la acupuntura fue tan peculiar que el día de la cita en el centro, para colocarme una de aquellas agujas en la oreja, me ví a mi misma como si comprase algo ilegal.
Me pasé horas ante el ordenador, cuando no era por trabajo era por los ejercicios y para colmo aquel grupo de whatsapp de apoyo, recomendado por la dietista, que me machacaba a diario con comentarios irrelevantes.
Llegó el gran día, cita en el restaurante Lamucca de Prado un “must go” de Madrid. Allí estaba él, esperándome en la mesa, mientras yo pasaba entre los comensales orgullosa de mi esbeltez. Escogimos un menú degustación.Todo fue genial, aunque ya en los postres le noté preocupado por algo y le animé a sincerarse. Su confesión me dejó estupefacta.No se atrevía a decirme que echaba de menos mis curvas.