697. LAS DESVENTURAS DE UN SER MINÚSCULO
Ramon Cabrera Acero | Ray

Antes de meterse en la ducha me dio un golpe terrible contra la pata de la mesa del salón y vi las estrellas. Estuve colorado como un tomate más de diez minutos, hasta que me untó con una crema muy pegajosa que olía a menta.
Luego me pintó la cabeza con una laca roja que me dejó como una guinda y, ¡pavor!, me metió dentro de un zapato que odio a muerte, el de color beige, que tiene unos tacones enormes y acaba en punta. Allí me quedé, en el centro, junto a mis hermanos, en un espacio minúsculo con una pendiente de más de veinte grados que me deja en una posición casi de contorsionista.
Estuvo de pie toda la mañana, subiendo y bajando las escaleras de la oficina con ese odioso zapato golpeando el suelo, y yo dentro sudando como un puerco. Pero a ella no le importaba ¡No, claro! ¿Para qué va a pensar en mí, si yo soy tan insignificante en su vida?
A la hora de comer la cosa se relajó un poco y me sacó del zapato. Pero lo bueno es breve, y tras diez minutos de descanso alguien la llamó por teléfono para tomarse un café y volvió a meterme en el zapato, y de nuevo empezaron a
sucederse, uno tras otro, los golpes.
A eso de media tarde, llegó el ballet, posiblemente la actividad que más odio en este mundo. No solo porque las zapatillas que utiliza son muy blandas y estoy
expuesto a todo tipo de traumatismos, sino porque ella siempre me coloca en una postura incomodísima. Me aplasta contra el suelo, empieza a dar saltitos sobre mí, girándome de un lado al otro, cada vez más rápido, y así durante más de un hora. Sinceramente, su hobby me tiene harto.
Pero el peor momento de ese día fue, sin duda, al llegar la noche. Cuando,
después de cenar con su novio, se dieron un beso. Ella se puso de puntillas otra vez, como en el ballet (pues él es mucho más alto que ella) y se sostuvo de nuevo sobre mi cabeza pintada de rojo no sé cuanto tiempo: quince … veinte … cuarenta minutos …
Entonces me sacó del zapato y me quedé a mis anchas en medio de la cama, en un espacio tan inmenso y lleno de aire que me sentí veinte años más joven.
Hasta que el plasta de su novio, claro, acercó su cara, abrió su boca y me mordió la guinda… ¡Qué asco me da eso! Siempre hace lo mismo; llenarme de babas. ¡Ah!, y por si eso fuera poco, mientras me mordisqueaba no podía dejar de escuchar su voz que murmuraba:
-¡Me encanta tu dedo corazón del pie!…
¡Maldito fetichista! Quiero cambiar de pie.