478. LAS NARANJAS
ANA MÓNICA CRESPO | MONIQUE AMOEDO

Simplemente tenía que cruzar la calle comprar cuatro naranjas y, volver desgastándole la suelas a mis zapatos para hacer el postre en menos de media hora.
Ahora imaginad la típica frutería de barrio, pequeñita y bonita, todo limpio, todo ordenado y, adornado con multitud de cajas exhibiendo sus vistosos colores y apetitosos contenidos. Por alguna razón que no sé explicar, mi cuerpo nunca se ha sabido manejar en espacios pequeños, yo soy pequeña, debería poder acoplarme con facilidad, sin embargo, siempre termino por chocar con algo y, si a esta irremediable condición (la cual se puede definir perfectamente como torpeza), le sumamos el hecho de que yo tenía prisa y, que estaba estresada por la inminente llegada de mis invitados, como podéis suponer la cosa no fue bien, nada bien.
Allí estaban las naranjas, perfectamente apiladas en forma piramidal en el centro del local (ya les vale… tampoco me lo pusieron fácil). Os juro que traté de hacerlo con sumo cuidado, pero justo cuando cogí la última naranja di un pequeño roce y todo se vino abajo. Aquellas pequeñas esferas de color llamativo empezaron a caer en cascada y rodar por el suelo como si tuviesen vida propia. Instintivamente solté las que ya tenía en las manos y me lancé a recoger las que caían. Para cuando atrapé la última naranja me sentía tan aliviada por haber contenido el desastre que había provocado que no calculé bien y, al levantarme golpeé con la cabeza una estantería tirando al suelo todo cuanto contenía. Cerezas, fresas, y arándanos volaron por los aires, mientras yo volvía a soltar las últimas naranjas que había recogido, pues me llevé las manos a la cabeza para sobarme. Salí como pude gateando hacia atrás, pero en el recorrido fui aplastando con manos y rodillas la delicada fruta que acaba de esparcir.
Cuando por fin me incorporé me descubrí llena de manchas de rojo néctar y un completo caos a mi alrededor. Pero lo que no tenía desperdicio, era la cara de estupefacción del pobre dependiente que tras unos instantes de absoluto estupor reaccionó y, me pidió que me fuese. Sin embargo, como es natural en mí no podía salir de allí sin terminar de hundir la poca dignidad que me quedaba y, mucho menos sin terminar por tirar algo más. Consumida por la vergüenza fui pidiendo mil perdones y encaminándome hacia la puerta, entonces topé con una cereza, la cual por supuesto pisé y resbalé. Automáticamente lancé la mano al primer lugar que encontré para sujetarme. Esta vez me esperaba la pila de berenjenas, y lo creáis o no, agradecí para mis adentros que fuesen las carnosas solanáceas las que rodasen, pues tenía la seguridad de que al menos ellas resistirían el embate.
Cuando llegue a casa y mi marido me voy aparecer de tal guisa, se quedó paralizado recorriéndome con la mirada. Yo rápidamente quise dar una explicación y dije.
—Estaba comprando naranjas.
—¿Y dónde están? —respondió.