1368. LAS PALOMAS
Pablo Basagoiti | Dedalus

Un lunes recibió una postal desde Alemania. La leyó y acto seguido cruzó la calle para hablar con el viejo Frasquito. ¿Se ha marchado al extranjero? Le preguntó con la postal en alto nada más abrirle éste la puerta. El viejo asintió. No sabía nada, continuó, ¿por qué se ha ido? Pues porque tenía un serio problema con las palomas. Le contestó haciéndole pasar y cerrando la puerta. ¿Con las palomas? insistió el visitante, eso es, respondió Frasquito, me decía que no las soportaba, que le hacían enfermar, que se le metían en su casa, que soñaba con ellas, que tenía verdaderas pesadillas. El viejo ordenó la mesa camilla, preparó un té y se sentaron. La luz de la tarde ya empezaba a oscurecer.

—¿Y por eso se fue?— continuó preguntando al servirse el té.
—Por eso mismo.
—¿Por las palomas?
—Eso es, por las palomas.
—¿Pero dejó la ciudad?
—La dejó.
—Por las palomas…
—¡Qué sí! Dejó la ciudad porque no soportaba a las palomas.
—Pero ¿y a dónde fue?
—Se fue a Berlín. Dice que allí no hay palomas, sino cuervos. A mí también me escribió. Decía que una ciudad en la que en lugar de palomas vuelan cuervos es un lugar que ha dado un salto superlativo en estética y sensibilidad, que no se puede comparar el elegante graznido de un cuervo con el zureo carrasposo de las palomas griposas de las plazas. Él andaba siempre llorando por esto, decía que las palomas parecía que tenían bronquitis, y las odiaba por ello, le desagradaban cada día a cada hora. Verlas le producían una verdadera ansiedad. Ahora vive en un piso normal cerca del Spree, o en un canal, no lo especifica en la carta, no lo sé bien, y dice que disfruta de cada graznido. Me escribió: “un graznido es otra cosa, un graznido es la llamada de lo salvaje, el despertar de un sentimiento atávico, el resurgir del bosque y los páramos en el interior del alma. Un graznido es como una barca que flota en una niebla gótica, onírica, un zureo es un estertor vírico, contagioso y repugnante.” En su casa tiene un balcón donde les pone de comer y cada mañana sale a desayunar con decenas de cuervos amontonados en sus macetas. Ahora dice que es feliz.
—¿Y va a volver?— preguntó mientras se rellenaba la taza y atrapaba varias galletas con la mano.
—¡Quién sabe! Si se extinguieran las palomas…

Frasquito sacó un parchís de debajo de la mesa y distribuyó las fichas. Un par de palomas se posaron sobre el balcón. ¡Malditas sean! Frasquito tiró una zapatilla de cuadros hacia el cristal y la pareja salió volando. Ahora tendremos que jugar sólo de dos, sentenció el otro.