Las pastillas rosas
Irene López de Francia | Cetrino

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Esta es la historia de la primera vez que casi muero. He estado varias veces al borde de la muerte, y no porque practique deportes de riesgo ni porque mi trabajo sea especialmente peligroso, es simple y llanamente porque soy una persona muy torpe. Tan torpe que una vez quemé el brazo de mi primer hijo mientras cocinaba. Tuvo quemaduras de segundo grado por toda la piel. Con mis demás hijos tuve más cuidado, pero el mayor está lleno de cicatrices.



He estado a punto de pasar al otro barrio en numerosas ocasiones, en la playa por nadar en zonas peligrosas, en mi propia casa por atragantarme comiendo, en el campo por tropezarme en lugares escarpados… Pero la primera vez ocurrió cuando era pequeña. Yo de pequeña, además de ser torpe, era un poco boba. Mis padres dejaron a mi alcance unas pastillas de color rosa que venían recubiertas con una capa dulce. Se trataba de unas pastillas fuertes, no recuerdo si eran analgésicos o qué, pero yo, al verlas tan coloridas, me metí una en la boca y la estuve chupando hasta que llegué a la zona amarga. En lugar de escupirla, me la tragué. Así una tras otra hasta acabar el bote. Pude tragar veinte pastillas fácilmente. Después de eso me pasé toda la tarde canturreando, yendo de un sitio a otro torpemente, mareada. Mis padres no le dieron mayor importancia a mi estado, pensaban que intentaba llamar la atención, pero si no llega a ser por mi hermana mayor, habría pasado a mejor vida.



Mi hermana abrió el cajón de las pastillas y se sorprendió de que no estuvieran las que estaba buscando. Hacía muy poco todavía quedaban unas cuantas. Al preguntárselo a mis padres, ellos ataron cabos y me llevaron corriendo a urgencias. El médico preguntó qué había ingerido y mis padres le contaron cuales eran sus sospechas. Él aseguró que si llegan a pasar un par de horas más, ya habría sido demasiado tarde. Me hicieron un lavado de estómago y estuve ingresada una noche en el hospital. No recuerdo a penas nada, yo tenía siete años y muy poca cabeza, aunque eso no ha mejorado mucho con el tiempo.



Hoy en día sigo siendo despistada y torpe, pero por lo menos todos los medicamentos de la casa están en los cajones más altos de la cocina. Sólo se puede llegar a ellos si se usa un taburete y prefiero no intentarlo, no vaya a ser que al final, por unas cosas o por otras, sean las pastillas las que acaben conmigo.