LAS PRIMERAS CITAS DE NUESTRAS VIDAS
FERNANDO HERNANDEZ GONZALEZ | NADIE

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A veces, llevados por una traumática falsa percepción de la realidad, otras veces, arrastrados por nuestra estupidez —un innato o aprendido rasgo común—, nos creemos peones sin alma que transitan por un tablero aburrido, repetitivo y gris, al que no hemos pedido entrar. Semejante desatino, que puede empujarnos al tenebroso precipicio de la inmolación, lo alimentamos desde que nacemos si nadie nos abre la ventana de la ilusión y nos enseña a disfrutar de las primeras citas, de las primeras experiencias que se nos presentan a diario.

Paradójicamente, la primera cita a la que asistimos no la recordamos. Llegamos a este mundo indefensos, sin recuerdos ni enseñanzas. Es la primera vez que sentimos la piel de la persona que nos ha dado vida. Nadie sabe lo que se siente al respirar por vez primera, al alimentar nuestro pequeño e inmaduro cuerpo con el maná que brota de ella, y que sustituye al que esquilmamos sin aviso ni permiso los nueve meses anteriores. Nadie lo recuerda, pero las caras de paz y tranquilidad, una vez superado el shock del alumbramiento, no necesitan explicaciones.

Los años de tierna infancia es un ciclo en el que las primeras experiencias se suceden de forma ininterrumpida. Nos iniciamos en el mundo de los colores, los olores, los ruidos y los sabores. Conocemos el valor de una caricia, de una palabra de aliento. A cada minuto, una nueva y maravillosa sorpresa nos atrapa.

Vuela el tiempo e, inmersos en una carrera vertiginosa, nos citamos con nuestro nuevo yo. Con el que corre y salta por sí mismo. Con el que enlaza sonidos revestidos de significado, y que antes se perdían desnudos. Encuentros sorprendentes con nuestros primeros pasos, con nuestras primeras palabras.

En el inicio del camino escolar arrancamos con el primer día de colegio. Encuentro brillante y gozoso para unos, oscuro e inundado de lágrimas para otros, colmado de nervios para todos. Nervios que nos acompañarán en cada cita con un nuevo curso, con un nuevo ciclo. En cada desafío que afrontamos con ganas, dudas, valentía o temor, y que supera al anterior.

Las primeras citas nos sorprenden y satisfacen y, en ocasiones, nos afligen y nos decepcionan. Un torbellino emocional nos engulle cuando acudimos al primer encuentro con la chica o el chico que tiene nuestros cinco sentidos embotados, cuando sentimos el novedoso contacto de unos labios en los nuestros o cuando alcanzamos los subrepticios y misteriosos placeres que encierra el sexo.

Recorremos un largo camino plagado de momentos únicos, nunca antes conocidos. La unión con la pareja con la que has decidido compartir el resto de tu vida. La llegada al mundo de una parte de tu ser que, como te ocurrió a ti, llega indefenso y necesitado de una luz a la que seguir.

El brillo que refulge en nuestras incesantes y maravillosas primeras citas, del que a veces —ahogados por nuestra soberbia y alienación— abominamos por su efecto cegador, no es más que un leve destello para otros menos afortunados. Disfrútalo y no lo apagues.