690. LAS REGLAS DE JUEGO
Edward Jaramillo González | Parchis

—Tengo que contarte algo —Sebastián hizo el anuncio mientras movía la caja del cereal sobre su oído para comprobar si contenía lo suficiente para desayunar. Ana, en pantis y con una camiseta que dice Love, tomaba su café, sentada en la silla que flotaba alrededor de aquella isla, en esa cocina que compartían hacía año y medio.

—¿Qué pasó?

—En estos días me acordé de que cuando jugaba parqués con mi abuela, acordábamos nuevas reglas de juego que hacían más interesante cada partida.

—Tu abuela hacía trampa.

—Si podías enviar a alguien a la cárcel y no lo hacías, el que se iba para la cárcel eras tú.

—¿Castigar a alguien por no querer hacer daño? ¿En serio?

—Es que los juegos son divertidos cuando reflejan la vida. Tienes que hacer el bien y hacer el daño ¿Lo entiendes?

—No. No te entiendo, bebé. ¿Qué me quieres decir?

—Quiero proponerte cambiar algunas reglas de juego.

—¿De cuál juego Sebastián? ¿De qué estás hablando? —Ana se acercó al lavaplatos y tiró lo que restaba de café en su taza y empezó a lavarla.

—Creo que nuestro matrimonio sería más interesante. —De la canilla de metal brillante no paraba de salir una cascada de agua que desbordaba la taza—. No me niegues que estamos necesitando mover nuestra sexualidad.

—¿Mover nuestra sexualidad? ¿Moverla para dónde? —Se giró Ana mirando a Sebastián a los ojos, con la esponjilla llena de burbujas en su mano y el sonido del agua sin parar de salir de la llave.

—No te pongas a la defensiva, que yo en estos días te vi en la ducha con tu antiguo juguete. Y no le veo problema a eso, después de tantos meses es normal. —Sebastián se acercó a la distancia de un beso de Ana y cerró la llave.

—¿Tú me estás siendo infiel?

—No, Ana, no es eso.

—¿Qué es entonces? Una cosa es que me masturbe en el baño una mañana, otra que a ti no se te ponga dura cuando me vez desnuda y otra muy distinta que me vengas a decir en el desayuno que cambiemos las reglas de juego como si yo fuera una ficha, esta casa un tablero y tus ideas unos dados.

—Está bien, si no quieres, olvídalo.

—¿Nuestro matrimonio es un juego? ¿Estamos jugando muñequero? ¿Crees que soy tu puta muñeca? Pues bien muñeco, déjame decirte que prefiero no jugar más.

—¿Pero por qué reaccionas así? Olvídalo, ya está.

Sebastián empieza a acercarse a Ana, de la misma forma que lo hace un domador de circo con su fiera. Le empieza a bajar el panti y le toca los senos debajo de la camiseta. Las puntas de los pezones de Ana se ponen duros y los dedos de Sebastián se hunden por su entrepierna. Ana se sube a la isla como si llegara de un naufragio, mientras Sebastián se sumerge de cabeza dentro de ella.

—Sí, sí, dale así…… qué rico……dale así Mario, dale así —dijo Ana.