Las siete y media
Llerena Perozo Porteiro | Antonia de la peseta

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Se juntaban en la portería solo por tener con quién hablar sin traducir. Como solía decir Ramón, por lo demás eran cada uno “de su padre y de su madre”. Les unía únicamente el origen rural gallego, su condición de migrantes en la capital española, la juventud y, por suerte, la afición por los naipes. Aunque entre todos no juntaban una perra chica, las chinas desechadas de los puñados de lentejas creaban la ilusión de la apuesta. De paso, engañaban al hambre y se calentaban gracias al brasero de Elías, el portero y anfitrión. Esa tarde, el juego era Las siete y media.

Ramón llevaba un cuatro, un as y un dos. ¿Vendría ahora la figura que lo haría vencedor? Mientras (como buen gallego) dudaba si ir o desistir, unas pantorrillas esculturales montadas en topolinos asomaron por el ventanuco de la portería. La falda tubo, ajustada hasta la media canilla, obligaba a su dueña a cruzar las puntas de los pies para bajar cada peldaño, otorgándole un movimiento muy sensual. Unos segundos después las mismas piernas, junto con la mujer de pelo cobrizo y ojos azules a la que pertenecían, asomaron por la portería. Sin saludar, se arrimó a la mesa. Los hombres callaron desconcertados, expectantes ante la aparición. Ella observó la mano de Ramón por encima de su hombro y miró desafiante a Suso, que actuaba de banca. Metió la mano en un bolsillo del abrigo gris de paño y sacó un billete de una peseta. La estampó sobre el tablero y enunció, con marcado acento asturiano:

—Lo veo.

Suso miró interrogativo a Ramón quien, colorado y muerto de vergüenza, asintió. El banquero sacó la siguiente carta del mazo. Un siete. Ella lanzó una sonora carcajada.

—¡Vaya, ho! — Se ajustó el abrigo sobre los hombros y dio media vuelta — Qué se le va a hacer… ¡En fin! Una desgracia pasa hasta en las mejores familias— Y enfiló la puerta de la calle.

Todos callaron un instante, descolocados por el arrebato de la vecina.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Ramón.

—Es Antonia, la moza de la sastrería del tercero. Ahí donde la ves, tan elegante, es de una aldea como las nuestras, aunque de Asturias. Pero sus patrones la cuidan bien, ya ves que se puede permitir hasta despilfarrar una peseta— le respondió Suso, mientras se guardaba el botín.

—Yo creo que te tira los trastos, Susiño— intervino Emerio.

—¡Quita, quita! ¡Como te oiga mi Xela!

Ramón no se quedó a escuchar el final de la charla. De un salto se puso en pie, haciendo tambalearse la mesa y corrió hacia la calle Velázquez. En cuatro zancadas alcanzó a la muchacha que, sobresaltada, se giró bruscamente cuando él la agarró por un hombro.

—¡Qué!

Ramón se quedó mudo. Había seguido un impulso, pero no sabía cómo seguir. Ella sonrió.

—¿No tienes frío?

—Un poco… pero es que ayer empeñé el abrigo…

Antonia se asió a su brazo y tiró ligeramente de él.

—Vamos. Te invito a un chocolate calentito.