Las tormentas de verano
Adela Márquez Arnal | India

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India se puso su camisa negra de mangas transparentes y los labios vino aquella noche. Una cena con amigos, tranquila. Al día siguiente tenía que salir de viaje, volver a casa. Recuperar la rutina de la que estaba escapando sin saberlo, sin entender muy bien cómo hacerlo. La lluvia caía con fuerza a pesar del calor tormentoso de finales de agosto. El otoño, como si fuera un preludio de lo que estaba a punto de ocurrir, se imponía a un verano que no quería marcharse, que quería quedarse para siempre.



Unas risas, tres cervezas y el cansancio de varios días sin dejar de bailar con girasoles. La tormenta la animaba a irse a casa, pero la insistencia de una amiga por una última copa de sábado la llevó hasta la barra de aquel bar, el único abierto que había en el pequeño pueblo que la había visto crecer cada verano. Una copa y se iría a dormir. Tenía un viaje de huida que preparar, aunque aún no lo supiera. No era noche de quedarse.



Eso pensaba mientras pedía una cuarta cerveza y miraba a la gente a su alrededor, ajenos a sus ganas de dormir, a su tempestad interna. Una y a casa, para despedirse del verano, para no decir que no.



Las voces se unían por encima de la música. La felicidad de las tormentas de verano se respiraba bajo el toldo blanco que cubría a los que habían salido a beberse la última noche de aquel fin de semana largo. India miraba con cautela cómo la terraza silbaba entre los últimos coletazos de las vacaciones.



Y entonces la vio. Bailaba entre la gente como si el mundo fuera a desaparecer, como si estuviera celebrando una vida que estaba floreciendo en ese mismo instante. Dirigía la tormenta con sus manos, llevaba los relámpagos escondidos entre sus labios y cada vez que sonreía, iluminaba la terraza haciendo desaparecer a todo aquel que la habitaba. Quedándose sola en medio de todo, atrapando la respiración de India entre la luna y sus ojos.



Alguien las presentó. Se miraron. Y no pudieron dejar de hacerlo hasta que se hizo de día. A India le arrasaron aquellos ojos divertidos que no paraban de buscarla. Aquella mujer que llevaba la vida entera entre sus manos pequeñas, delicadas y llenas de una fuerza imparable, se llevó todo por delante.



Como un tsunami que no avisa, sacudió el mundo que India conocía, le dio la vuelta, lo sacó a bailar y lo cambió por completo.



Aquella noche, India comenzó un viaje de huida que se ha convertido en la mejor vuelta al mundo de su vida. Ya no puede dormir sin esas manos vivas en su espalda, sin la risa que le abraza la cintura, que le cuida el alma.



La tormenta que aquella noche de verano estuvo a punto de perderse, le ha ayudado a encontrarse en el momento exacto en el que estaba a un paso de olvidarse.