261. LAS TRES NIETAS DE TATIANA
Aida Jerez Tarifa | Lamarr

Tres nietas tenía la vetusta Tatiana. Las tres tenían tantos tangas tendidos en el tendal que todo adolescente que transitaba tras la tapia del huerto volteaba la testa tratando de entender qué tierna nieta atesoraba tantos trapos.

Tarsi tenía trece agostos y todavía temía mostrar su intimidad a sus semejantes.

Tania tendría veinte otoños en octubre y optaba por atavíos no tan sutiles, tales como telas extensas que taparan su turgente trasero.

Telma estrenaría treinta y tres septiembres el martes y tenía la mente centrada en el festejo, por tanto, no tenía tiempo para frotar y tender tantos elementos.

No restaban nietas con interés en tener tanto tanga.

—Tiene que ser una tía virtuosa con tremendos atributos —manifestó un zoquete bastante bruto que continuaba su trayecto tras la tapia.

Tarsi, Tania y Telma, indiferentes a los comentarios y pensamientos del resto de los entrometidos habitantes con quienes compartían consistorio, prestaron atención solamente al mandato de la doliente Tatiana.

—Nietas, traed todos los tangas del tendal —decretó Tatiana. Y todas las nietas trataron de contentar a su agonizante antecesora, que tenía dificultades para levantarse del catre.

Temiendo Tatiana terminar su existencia sintiéndose carente de atractivo, tomó los tangas y dictó su última voluntad referente a tan apretadas telas.

Tras la muerte de Tatiana, Tarsi, Tania y Telma terminaron su estancia en el alojamiento de su estirpe y trataron de establecerse individualmente.

Actualmente todos los nativos todavía se preguntan en la gaveta de qué nieta están los tangas.

No notaron, en el entierro de Tatiana, que el ataúd no contenía solamente su decrépita silueta, sino que también se convirtió en el depósito del montón de tangas que tanta satisfacción suministraron antiguamente a los libertinos habitantes de trivial semblante que tenían la costumbre de agitarse sus partes proyectando en su mente los torsos de las tres nietas que tanto desinterés mostraban ante las intenciones de tanto perturbado (y otras tantas perturbadas) que no entendían que sus calientes siestas estarían eternamente atrapadas tras las relucientes tapas del flamante féretro.