LAS TRES PALABRAS
Sofia Martin Jimenez | Sofía Martín

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Iván se cagaba encima y Loreto lo sabía. Se había tomado tres laxantes que le habían recordado a aquella noche en la que sus amigos lo obligaron a probar el mezcal. La mañana siguiente sería dolorosa, también lo era esta: a Iván le iban a meter un cable por el culo.

–Bueno, cariño, dicho así.

–Sí, mamá. Las cosas como son, un cable larguísimo por todas sus tripas pero la puerta de entrada, el arco del triunfo, es el culo de mi marido.

–¿Después podéis almorzar croquetas?

Quizá le hubieren fallado los nervios o quizá los nervios lo estaban salvando y agarraban la mierda en los intestinos y no la dejaban ir porque la noche anterior, en la que Iván esperaba pasar horas anclado al váter, no había sido para nada así. Iván tuvo que esperar.

–Pero no puedes hacerte la prueba si no cagas antes, tienes que limpiarte por dentro.

–Pero me he duchado.

–Cariño, por dentro. No como aquella vez que te pasaste la alcachofa por el ano porque querías probar…

–Pues yo no he cagado aún.

Dos minutos después los nervios dejaron que la mierda se escapara de sus garras y empezara a bajar por los intestinos como si fueran un trampolín de un parque acuático. En el baño, Iván contemplaba sus calzoncillos y se felicitaba por el buen funcionar de sus entrañas.

–Te vamos a dormir –le dijo una enfermera con una mascarilla de dibujos de margaritas.

–Pero no tengo sueño.

–No, con medicación.

–Pero no quiero dormir.

–Es que no es agradable.

–Hice ayer la declaración de la renta.

–Lo siento mucho.

–¿Duele?

–No tenga miedo.



No sabría decirle a nadie el tiempo que pasó, pero en todo lo que duró el proceso, Iván soñó que cagaba y que era feliz. Se veía a sí mismo en el baño de su casa con un periódico con páginas de papel calco, sonreía, las comisuras formaban plieguecitos, su calva incipiente brillaba y no por sudor, él hubiese jurado que eran endorfinas evaporadas. No recordaba mayor felicidad desde el día que por fin pudo probar una hostia consagrada. Lo que sí sabía era que cuando abrió los ojos tuvo una certeza:

–Life is shit!

–¡Ya está despierto! Llamo a su mujer –le dijo la enfermera dándole la espalda.

–Life is shit! ¡Loreto! ¡Loreto! Life is shit!

Loreto llegó mascando chicle con fuerza. Al ver la cara perlada de su marido se asustó.

–¿Pero estás bien?

–Life is shit!!! Es eso, Loreto. He tenido una visión. Necesitamos más mierda.

–Déjate de gilipolleces, Iván. Lo que necesitas es un buen plato de croquetas. ¿Se puede ir ya?

–Sí, vístase –le dijo la enfermera, perpleja desde una esquina.

Iván se levantó de la camilla con su triste camisón, el culo al aire y un halo de haber dejado atrás su vida anterior.

–Pero, oiga, por favor, dígame, ¿cuándo puedo volver a cagar?