1108. ¿LE CAÍMOS BIEN?
Carla Zambrano Membrives | Zeta

Llegamos al tercer curso de Química en la universidad sin haber padecido ninguna enfermedad mental ni episodio de ansiedad demasiado severa. Todo un milagro. Íbamos juntos a clase, pero también a las fiestas y a pasear por la ciudad. Éramos inseparables. Cada viernes al salir de las clases nos adentrábamos al mundo de la noche con muchísima avidez, nos colmábamos de bebidas alcohólicas que nos estimulaban y permitíamos con gusto que se alterara nuestra noción de la libertad, dejando que ese concepto tomara forma durante el tiempo que duraba el efecto de estas.
El último viernes del primer semestre quisimos hablar con un profesor para convencerle de que nos subiera la nota del examen de fluidos newtonianos. Ander llevaba en su mochila una botella de Ratafía sin abrir, dispuesta a ser vaciada unas horas después. Al entrar al despacho del docente, la mochila deslizó del hombro de mi amigo y llegó al suelo con tal vigor y energía, que la botella estalló en mil pedazos dejando un afluente de Ratafía desde la entrada hasta la mesa del maestro. Mientras limpiábamos el desastre, nuestras facciones permanecían totalmente inexpresivas y rojizas del sofoco que nos ocasionaba la situación. Cuando el profesor nos preguntó si el motivo de nuestra visita era montar tal escena, el sofoco se incrementó a la misma velocidad que lo hizo el valor del bitcoin en 2017. Fui yo quien se atrevió a hablar y a confesarle la verdadera finalidad de la visita. Inesperadamente, nos concedió un repaso del examen y nos subió la puntuación unas décimas, suficiente para el espectáculo que habíamos montado minutos antes.
Lo que más nos gustaba de la vida académica eran las clases de laboratorio. Nos sentíamos como si formáramos parte del elenco de una serie futurista de Netflix sobre síntesis de sustancias peligrosas para combatir la Tercera Guerra Mundial. Sin embargo, lo que menos nos entusiasmaba eran los trabajos entregables que se impartían los lunes. Nos suponía un esfuerzo inconcebible elaborar dichos trabajos durante el fin de semana.
Ese domingo decidimos hacer los primeros cinco confiando en que pediría uno de estos. Para nuestra sorpresa decidió pedir el último. No lo teníamos hecho. La inquietud que nos removió por dentro hizo que tomáramos una decisión rápida y resolutiva: entregarle uno cualquiera con el número del ejercicio que pedía el profesor. Nos invadió un gran desasosiego, preocupados de que se diera cuenta del fraude. Inesperadamente, la ofrenda del ejercicio se hizo de una manera cuotidiana y sin levantar sospechas, por lo tanto, la recogida también se realizó con total naturalidad. A la semana siguiente, el profesor nos entregó las notas del ejercicio con sus respectivas correcciones. Teníamos un 9. Era incomprensible. Ni siquiera se había leído el enunciado.